¿De verdad crees en Dios?

Hemos hablado de muchas formas y maneras sobre la diferencia que existe entre creer solamente y creer de verdad en Dios; pero pareciera que a la gente no le interesa entender estas diferencias y que están amañados con el concepto que tienen de Dios, sin importar que esto repercuta en el futuro eterno para sus almas.

Texto: Marcos 16:17-18.

Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán”.

CONCLUSIONES.

La vida espiritual de las personas se puede enmarcar dentro de varias categorías de la siguiente forma:

1.  Los incrédulos.

Una persona del común sencillamente no cree necesaria la figura de Dios en su vida por varias razones; porque no cree que hay un Dios o sencillamente acepta su existencia, pero cree que no lo necesita, porque tiene todo lo suficiente para ser un hombre exitoso en esta vida.

2.  Los religiosos.

Una persona religiosa es la que dice creer en algún dios o en el Dios verdadero, y que sencillamente se acerca a su lugar de reunión los domingos o en días especiales; este es el actuar común de las personas y con eso creen que ya le están cumpliendo a su dios y que, como contraprestación de esta asistencia, entonces que ese dios por su parte se encuentra obligado a salvarlos, así continúen viviendo en pecado.

3.  Los cristianos.

Las personas que han logrado escapar de ese comportamiento religioso van mucho más allá y luego de haberse arrepentido y entregado de corazón a Jesucristo, estudian la palabra, se comprometen con las actividades de la iglesia, ayunan, oran, vigilan y hasta obedecen muchos de sus mandamientos; pero en ellos no está la unción, el poder y los dones del Espíritu Santo.

4.  Los discípulos de Jesus.

Pero si reflexionamos a conciencia, nos daremos cuenta de que las exigencias de Dios llegan mucho más alto y que para llegar allá necesitamos el bautismo en el Espíritu, donde recibiremos el poder, la unción y los dones del Espíritu Santo de Dios, quien nos capacita y nos dota de las herramientas necesarias, para hacer obras extraordinarias en favor del reino de los cielos y para edificar la iglesia como un conjunto de personas que necesitan crecimiento: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. Hechos 1:8.

Esta unción del Espíritu Santo de Dios nos convierte en testigos vivos del poder de Dios, mediante una fuerza interior que nos impulsa a hacer las obras de Dios, dirigidas y programadas por su Santo Espíritu; en este punto entonces ya no somos cristianos ordinarios, sino verdaderos discípulos de Jesús.

Hay que recordar que aún Jesús necesitó ser ungido por el Espíritu Santo para poder desarrollar su ministerio; y este texto es de especial interés porque muestra la diferencia entre las tres personas que componen al Dios verdadero: “Y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”. Lucas 3:22.

La palabra de Dios tiene una exigencia muy alta para los que creen en su hijo Jesucristo y por eso dice: “Y estas señales seguirán a los que creen”; pareciera ser que Dios nos está exigiendo que avancemos en vez de quedarnos en los niveles inferiores y nos invita a que más bien lleguemos hasta el último. Veamos esta lista de señales que nos dejó Jesús, las cuales solo pueden darse si la persona se haya en el nivel de discípulo:

1.  En mi nombre echarán fuera demonios.

Se necesita tener la unción del Espíritu Santo y ser un cristiano fiel e íntegro para poder que los demonios salgan de su lugar al echarlos en el nombre de Jesús, dado que este nombre tiene poder sobre las tinieblas, a quienes venció en la cruz del calvario: “Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos”. Marcos 6:7.

2.  Hablarán nuevas lenguas.

Las lenguas que otorga el Espíritu Santo son innumerables y cuando la persona tiene este don, entonces podría hablar un lenguaje desconocido para él, pero conocido para algunos de los espectadores: “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban”. Hechos 19:6.

3.  Tomarán en las manos serpientes.

Este no es un don, pero demuestra que aún las víboras venenosas no tienen poder sobre los discípulos como ocurrió con Pablo cuando naufragó en una isla y luego que cargaba leña para una fogata, le mordió una serpiente en la mano y los habitantes de allí estaban esperando que cayera muerto, pero nunca sucedió: “Entonces, habiendo recogido Pablo algunas ramas secas, las echó al fuego; y una víbora, huyendo del calor, se le prendió en la mano”. Hechos 28:3.

4.  Y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño.

El poder de Dios presente en la persona es capaz de neutralizar las toxinas y como resultado estas no le harán daño a la persona.

5.  Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.

Este es quizás uno de los mejores dones del Espíritu Santo, el cual consiste en colocar las manos sobre una persona e invocar el nombre de Jesús para que ésta sea sana: “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades”. Lucas 9:1.

Era tanta la unción de estos primeros discípulos, que con el solo hecho de pasar la sombra de Pedro sobre un enfermo, este era sanado: “Tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos”. Hechos 5:15.

¿Y qué debemos hacer para ser realmente discípulos?

Aquí nos dice Jesús que, si permanecemos en su palabra, entonces podremos ser verdaderos discípulos; solo que esto de permanecer, significa escudriñar la biblia permanentemente (sin parar), guardarla en nuestro corazón y obedecerla sin restricciones: “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”. Juan 8:31. Lo anterior significa que, con solo escuchar el sermón del domingo, no le alcanza a una persona ni siquiera para ser un cristiano común.

Un verdadero discípulo tiene como prioridad fundamental el atender la voluntad de su maestro antes que la voluntad de su propia familia; es decir, debe colocar a su maestro Jesús por encima de la familia y aún por encima de su propia vida: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Lucas 14:26.

Cada cristiano lleva consigo una carga de aflicciones y tribulaciones, que en este camino se denomina la cruz y una de las cualidades del discípulo es echarse esa cruz a cuestas para seguir a Jesús: “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. Lucas 14:27.

Hay muchas cosas que podrían detener al discípulo, entre ellas las posesiones y hacer que este no avance en los caminos de Jesús; por lo tanto, es menester renunciar a todo lo que impida una verdadera comunión con Él; por ejemplo, si su negocio lo lleva a ocupar el día del Señor y a descuidar sus obligaciones como discípulo entonces debe renunciar a ello: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”. Lucas 14:33.

¿Y cómo sabremos si somos realmente sus discípulos?

En el reino de Dios, las personas se conocen por sus frutos; allí no hay cartones, no hay estudios, no hay títulos académicos, no hay padrinos, no hay quien saque la cara por nosotros exceptuando a Jesús; así que tenemos que demostrar nuestro nivel espiritual basándonos en los frutos, siendo el mayor de ellos el amor: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. Juan 13:35.

Y si se pueden demostrar todos los frutos, sería mucho mejor para el discípulo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”. Juan 15:8.

Estimado hermano y amigo, ¿en qué nivel espiritual te encuentras hoy? Hay que recordar que el hombre que se olvida de Dios o no cree en él, este ya ha sido condenado; y para el caso de los religiosos, ellos han creído en una religión con sus ídolos y no en el Dios vivo, y por lo tanto para ellos está reservado el castigo eterno. Y si eres un cristiano verdadero tu situación es mucho mejor, pero si eres un discípulo entonces estás en un puesto aún más privilegiado porque podrás dar testimonio del poder de Dios a través de su poder y de su unción.

Si de verdad crees en Dios, ¿entonces en dónde está el poder y los dones con que te ha ungido el Espíritu Santo de Dios? Si no hay nada de esto en tu vida, es hora de reflexionar y mirar que tan fieles e íntegros somos delante de Dios, quien seguramente no ha encontrado en nosotros una tierra fértil, donde Él pueda depositar su poder y sus dones.

Y no querrás demostrar tu nivel espiritual haciéndote morder de una víbora o tomando un veneno, porque de seguro podrás morir en el intento; mejor sigue insistiendo en tener cada día una mejor relación con Dios, más conocimiento de su palabra y procurando ser más obediente cada día; de tal forma que te perfiles como uno de sus discípulos, ungido con el poder de Dios para hacer milagros, maravillas, sanidades y prodigios.

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

  

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