¿Sabía usted que su reino no es de este mundo?

Conocemos de personas que tienen dos ciudadanías; por ejemplo, la de Colombia y la de Estados Unidos, donde en cierta medida esto es ventajoso por cuanto el individuo podrá moverse libremente entre estas dos naciones; pero hay otra ciudadanía de la cual provenimos, de la cual el hombre común ni siquiera conoce su existencia, ni mucho menos querría regresar allá.

Texto: Juan 18:36.

Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”.

CONCLUSIONES.

Partiremos esta disertación hablando del hombre como ser tripartito, en el cual Dios intervino desde la concepción de cada nuevo ser, colocando allí el alma y una porción de su Espíritu para que este nuevo ser pudiera tener vida; desde este punto de vista casi todo nuestro ser es procedente de los cielos donde mora Dios, pues el alma y espíritu del hombre los colocó Dios y también diseñó todos los órganos del cuerpo con toda su funcionalidad e hizo que la fórmula completa se gestara en una matriz de una madre biológica.

Este es un proceso parecido al que sucedió con Jesús, a diferencia de que Jesús ya era un ser completo en el reino de los cielos y que solo necesitaba de un cuerpo físico para manifestarse al mundo, el cual le fue dado a través de María. Y si Jesús nuestro hermano mayor no es de aquí, entonces con sobrada razón nosotros tampoco somos de aquí de la tierra (hablo de nuestra simiente o principio): “Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo”.

Si observamos el caso del hombre, entonces podríamos decir que dos de sus componentes son del reino de los cielos o provinieron de allá y que por lo tanto, la ciudadanía del hombre es mayormente del reino de los cielos; pero a pesar de esto, el hombre en su mayoría no conoce este principio y tampoco quiere saber nada de Dios ni de su reino, y por lo tanto, está tirando su ciudadanía celestial al tarro de la basura.

Ahora, las personas que nos hemos convertido del pecado a la justicia y que hemos recibido a Jesús como señor y salvador, tenemos conciencia de que somos de arriba y que algún día debemos volver allá, porque de lo contrario solo nos espera el infierno con su lloro y crujir de dientes por una eternidad; por eso nuestra mirada la tenemos puesta en el reino celestial: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”. Colosenses 3:2.

Entonces nosotros como cristianos (los realmente convertidos a Cristo), tenemos la plena confianza de que no somos de aquí y que esperamos a nuestro salvador quien nos acompañará hasta la nueva Jerusalén, la gran ciudad celestial donde tenemos nuestra ciudadanía, donde estamos inscritos en el libro de la vida y donde viviremos por una eternidad: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo”. Filipenses 3:20.

En este mundo como sistema no hay nada bueno para nosotros, pues hay muchos factores que están incidiendo y presionando la vida sobre la tierra, lo cual hace que cada día sea más difícil vivir aquí y sobre todo para los verdaderos cristianos ha sido mucho más difícil permanecer firmes en la fe, esperando el glorioso encuentro con su salvador Jesucristo, para disfrutar de ese reino que Dios ha preparado para cada uno de sus discípulos; porque de verdad hay un reino con unas riquezas inimaginables para todo aquel que está seguro que su reino no es de este mundo: “Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?”. Santiago 2:5.

Pero la situación del hombre común (los que están sin Cristo en su corazón) es lamentable, pues desconocen esa doble ciudadanía, y por lo tanto están ausentes y alejados de las promesas y de las riquezas que Dios ya ha entregado a sus verdaderos hijos. El mundo está sin esperanza y sin Dios, lo que indica que una vez mueran, solo habrá un camino por donde podrán transitar, y este es el camino al infierno, porque han desechado a Dios y también su plan de salvación a través de Jesucristo.

Nosotros los cristianos, estábamos en otro tiempo en una situación similar a como está el mundo de hoy: Sin Dios, sin ciudadanía celestial y sin esperanza de vida eterna: “En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Efesios 2:12.

Estimado hermano y amigo, el hombre está vislumbrado y extasiado con las cosas pasajeras de este mundo, siendo una de ellas el futbol que mueve las pasiones de una gran parte de la humanidad, y que, junto a los espectáculos públicos, a los conciertos, a las redes sociales, al turismo y a toda clase de deleites para la carne, hacen que el hombre ande en tinieblas y alejado de la presencia de Dios.

Pero el hombre no piensa en su ser espiritual que está muriendo lentamente en su interior, porque este no se preocupa por buscar de Dios y de la sabiduría espiritual contenida en su palabra, la cual lo hará despertar de ese sueño letárgico en el que está sumido y que no le permite vislumbrar todas las riquezas que lo están esperando en el reino de los cielos.

Desafortunadamente el futbol y otros entretenimientos como las redes sociales mueven los corazones de una gran parte del género humano, porque allí en esos corazones solo hay lugar para las pasiones y los deseos de la carne; dado que han desechado a Dios y no lo quieren tener en sus vidas y a que han cambiado el gozo del Señor por el gozo de la carne.

Y si no han creído en Dios, mucho menos creerán que no son de aquí de la tierra y que solo fueron puestos aquí por Dios para que pudieran decidir si querían volver a Dios o si querían ir al infierno; para lo que tampoco están preparados, porque si no creen en Dios entonces tampoco creerán que hay un infierno; y el problema es que el infierno vendrá tanto para los incrédulos, como para aquellos que creen pero que no obedecen, como es el caso de los religiosos y que por lo tanto nunca se han convertido de verdad a Cristo.

El reino de nuestro salvador Jesucristo no es de este mundo y el de los cristianos verdaderos tampoco; y si el reino de los hijos de Dios no es de este mundo, sino de los cielos, ¿Entonces en dónde estará el reino de los incrédulos y de los pecadores? Indefectiblemente, si no han renunciado al pecado y se han convertido de verdad, entonces su ciudadanía estará en el infierno, pues a ese lugar irán primeramente los incrédulos, que son aquellos que no creen que existe Dios o que son indiferentes ante su llamado.

Ahora, si usted o yo nos creemos verdaderamente cristianos, entonces tenemos que poner nuestra mirada en las cosas celestiales, donde está nuestra verdadera ciudadanía y no en las cosas materiales; pues éstas últimas cosas solo brindan un entretenimiento temporal, como el causado por las pasiones del mundo y de la carne, que un día desaparecerán completamente o nosotros seremos apartados de ellas mediante la muerte física; por eso tenemos la mirada puesta en el galardón y no en este mundo: “Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”. Hebreos 11:26

Si los antisociales, corruptos, ladrones y narcotraficantes les es suspendida la visa para entrar a los Estados unidos; ¿cuánto más a los pecadores no arrepentidos, les será suspendida la ciudadanía del reino de los cielos y en su lugar tendrán entrada libre y sin restricciones al reino de las tinieblas?

Y si usted no es un cristiano de verdad, entones inevitablemente esa ciudadanía del reino de los cielos está vencida y necesita renovarla; de lo contrario, por decirlo así, hay una nación que recibe todo tipo de ciudadanos (esta es el infierno), mayormente aquellos que, a causa de su maldad, han sido desechados en su nación de origen. Pero no crea que vivirá perpetuamente en la tierra o que una vez muerto se acabará todo, no se haga vanas ilusiones y más bien prepárese para que su ciudadanía esté en el cielo y no en el infierno.

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

 

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