¿Cuánto te cuesta lo que das a Dios?
Hay muchas cosas que estamos dispuestos a regalar, como cosas que ya no usamos, vestuario que no nos gusta o que ya nos queda corto, cosas que ya no prestan un servicio de verdad, sino que sirven más bien de estorbo; unas monedas que no queremos echar a la alcancía, unas cosas que definitivamente vamos a reemplazar por otras mejores, etc.; ¿pero cuando se trata de dar a Dios, entonces de dónde las sacamos? ¿De lo que nos sobra o de lo que más nos cuesta?
Texto: Marcos 12:41-44.
“Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda,
miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y
vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo:
De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en
el arca; porque todos han echado de lo que les sobra;
pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento”.
CONCLUSIONES.
Hay un principio ineludible y es que todo cuanto existe
proviene de Dios, hablando particularmente de las riquezas: “Mía es la plata,
y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos”. Hageo 2:8. No porque Él se
crea con todos los derechos de enseñorearse de las cosas o porque sea más
fuerte que nosotros para tomarlas; sino porque Él es el creador de todo cuanto
existe: “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder;
porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas”.
Apocalipsis 4:11
En el texto principal, encontramos la historia de una
viuda pobre que echó en el arca de las ofrendas todo su sustento, que, aunque
se trataba solo de dos monedas, era todo lo que poseía y entregarlas le costaba
un sacrificio muy grande. Esto sucedió, mientras los ricos echaban mucho
dinero, que posiblemente para ellos no era parte de su sustento y más bien era
algo de lo que podían desprenderse sin que sus economías fueran a sufrir un
colapso.
Entonces la frase clave aquí es ¿Cuánto te cuesta lo
que le vas a dar a Dios?
El rey David tuvo la posibilidad de ofrecer a Dios un
sacrificio totalmente gratis, pues el altar, la leña para el holocausto y los
animales para el sacrificio eran totalmente regalados por parte de Arauna el
dueño de la parcela; pero David dijo que no ofrecería sacrificios a Dios que no
le costasen nada y más bien insistió y logró comprar por dinero todo lo
necesario para el sacrificio: “Y el rey dijo a Arauna: No, sino por precio
te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me
cuesten nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de
plata”. 2 Samuel 24:24.
Y es por la misma razón, que cuando el hombre fue
expulsado del huerto de Edén, le tocó conseguir el sustento con sudor y
lágrimas: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la
tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”.
Génesis 3:19. Y del fruto de ese trabajo realmente costoso, es que Dios le pide
el diezmo como olor grato: “Indefectiblemente diezmarás todo el producto del
grano que rindiere tu campo cada año”. Deuteronomio 14:22.
Y aunque nos cueste mucho trabajo conseguir el pan de
cada día, realmente seguimos siendo instrumentos en las manos de Dios; pues Él
nos da la tierra para labrar, la empresa o negocio donde desempeñarnos; nos da
las fuerzas, nos da la vida, nos da la salud, nos da la lluvia a su tiempo,
hace germinar nuestros sembrados y los hace fructificar, saca adelante nuestras
empresas; y también permite que podamos gozar de sus cosechas, del salario o de
las utilidades; entonces en conclusión podemos decir que, dar a Dios consiste
en devolverle una parte de lo que hemos recibido de Él: “Porque ¿quién soy
yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas
semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”. 1
Crónicas 29:14.
Nuestros frutos o bendiciones no podemos atribuirlos a
nuestra inteligencia, a nuestra sabiduría, a nuestro empeño, a nuestra
habilidad para los negocios, a nuestra buena suerte; más bien debemos
considerar que hay una fuente de donde proviene todo esto y esa fuente es Dios:
“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de
las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. Santiago
1:17.
Muchos no dan a Dios y mucho menos al prójimo, primero
por egoísmo, pensando que todo eso es el fruto de sus esfuerzos y que no desean
desperdiciarlo en pastores y líderes, ni mucho menos en gente perezosa que no
quieren trabajar para salir adelante; segundo por falta de conocimiento, pues
un día perecerá la tierra junto con sus riquezas y todo lo que hayamos
acumulado no servirá absolutamente de nada: “Pero los cielos y la tierra que
existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego
en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos”. 2 Pedro 3:7.
De la misma forma sucede en un terremoto, donde se
evidencia la falta de conocimiento; pues si una familia logra salvarse, pero
pierde su casa, juntamente con todos los tesoros que logró acumular allí, de
seguro que sentiría gozo en vez de tristeza, si las hubiera compartido con su
prójimo cuando podía hacerlo.
¿Hay algo que realmente sea de mucho valor para Dios?
Dios estableció una medida justa de lo que debemos darle,
de tal forma que no fuera muy poco para que no sintiéramos que le estamos dando
limosna, ni mucho para que no sintiéramos que nos estamos empobreciendo; lo
hizo con la medida perfecta y esto se denominó el diezmo, o sea la décima parte
de nuestros ingresos; ya sean cosechas, el salario de nuestro trabajo o las
utilidades de nuestros negocios.
Muchos cristianos, religiosos y mayormente la gente del común no conocen
el significado de este mandamiento, ni mucho menos su esencia; y por eso muchos
creen que no es obligatorio y otros como la iglesia popular creen que se trata
de dar solo un día de salario al año.
Pero este es un mandamiento de doble vía, es decir, con multiplicación regresiva; pues nosotros en nuestra ingenuidad creemos que estamos dando y
más bien se trata de un negocio redondo, en el que Dios nos devuelve todo
multiplicado: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y
rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os
volverán a medir”. Lucas 6:38.
Y si se trata de la ayuda al prójimo, esta trae unos
rendimientos financieros espectaculares, por cuanto dar al prójimo significa
prestar a Dios con intereses, y Dios siempre paga y nunca está en bancarrota: “A
Jehová presta el que da al pobre, Y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar”.
Proverbios 19:17.
Estas cosas equivalen crear un CDT en un banco, pero no
con interés corriente, sino ese mismo interés multiplicado por muchas veces, de
tal forma que el monto inicial de ese CDT en un año resulta multiplicado en
varias veces: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa;
y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las
ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que
sobreabunde”. Malaquías 3:10. Dios habla de una respuesta sobreabundante,
como el agua que se riega por las praderas, luego de unas intensas lluvias.
Y lo curioso de esto (para el caso del diezmo) es que el 90% del monto que conservamos luego de diezmar, alcanza para todo y sobra, haciendo que las finanzas de cada cristiano lleguen al punto de desbordarse, tanto que querrá aumentar la ayuda a los necesitados; pero para llegar allá se necesita fe y desprendimiento, y por supuesto la ausencia total del temor a perder o empobrecer, y más bien una verdadera convicción de que en las matemáticas de Dios, lo que realmente ocurre es que Él está multiplicando nuestras finanzas.
Pero mucho más allá de las cosas materiales, Dios quiere
que le demos nuestro corazón, sin condiciones, ni medidas, ni reservas: “Dame,
hijo mío, tu corazón, Y miren tus ojos por mis caminos”. Proverbios 23:26.
Así de valioso es nuestro corazón, pues Dios lo quiere
para establecer allí un templo de su Santo Espíritu y para que, desde su
corazón, el hombre presente sacrificios de alabanza a Dios: “Así que,
ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir,
fruto de labios que confiesan su nombre”. Hebreos 13:15
Este es un tesoro invaluable para Dios, porque desde el
corazón se pueden publicar alabanzas para Él por una eternidad; es decir que, el alma
que se convierta a Cristo y se salve, será junto a su corazón un instrumento
de alabanza para Dios en el reino de los cielos: “A fin de que seamos para
alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo”.
Efesios 1:12.
Y un corazón arrepentido y humillado, será aún de mayor complacencia
para Dios, pues esta es la combinación perfecta para un sacrificio limpio y
puro delante de su Majestad: “Los sacrificios de Dios son el espíritu
quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”.
Salmos 51:17.
Estimado hermano y amigo, ¿Quieres seguir dando a Dios
solamente de lo que te sobra o de lo que te cuesta mucho sacrificio?
Recuerda que, por encima de las riquezas materiales, que de por sí ya son de
Dios, hay un tesoro invaluable y se trata de tu corazón contrito y humillado delante
Él y dispuesto a darle alabanzas por una eternidad; sin embargo, para ser ese tipo de instrumento debes
arrepentirte de tus pecados, acudir a los pies de Cristo, recibirle como señor
y salvador, y vivir una vida de obediencia y santidad a su palabra; y de esta
forma habrás regalado a Dios el mayor tesoro que tienes disponible sobre tu
vida.
Definitivamente la viuda fue más inteligente que muchos
de nosotros y echó todo lo que tenía, porque sabía que Dios le iba a devolver
multiplicadas esas dos monedas que dio y que en ese momento representaban su
único sustento; de esta misma forma hacían los cristianos en la iglesia
primitiva cuando vendían sus heredades y traían todo el producto de la venta a
los pies de los discípulos, para que esos recursos fueran repartidos según las
necesidades de cada miembro; ¿Será que somos capaces de hacer estoy hoy en día
para dar a Dios de lo que realmente nos cuesta?: “Y vendían sus propiedades
y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”.
Hechos 2:45
Que Dios los bendiga grande y abundantemente.
Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario. Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu. A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad. Amen”. Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

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