Tres pasos para seguir a Jesús.
La única escapatoria ante un mundo convulsionado como el que vivimos hoy es caminar por el único sendero que nos llevará a la vida eterna y este camino es Jesús, el hijo de Dios.
Texto:
Lucas 9:23.
“Y decía a todos: Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.
CONCLUSIONES.
Para profundizar en este tema, partamos de una verdad
trascendental y es que Cristo es el único camino que hay disponible para
obtener la salvación y la vida eterna: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y
la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Juan 14:6.
No hay más caminos, y aunque el hombre diga haber
descubierto otros caminos, estos no existen; pues hay muchas religiones, sectas
y falsas doctrinas creadas por las tinieblas y cuyo propósito es arrebatarles
el alma a sus seguidores y entregárselas al mismo infierno. La evidencia es
comprobable históricamente; pues solo hay un Jesús que bajó del cielo, que murió
crucificado en una cruz, que resucitó al tercer día, que ascendió al cielo y que
está sentado a la diestra del trono de Dios el Padre; y no hay otro hijo de ningún
otro dios que haya hecho la misma hazaña; eso es imposible para los ídolos
inertes o para los demonios que se disfrazan ante la humanidad como dioses: “Porque
todos los dioses de los pueblos son ídolos; mas Jehová hizo los cielos”. 1
Crónicas 16:26.
¿Y de qué tenemos que escapar?
Como seres humanos creados a la imagen y semejanza de
Dios, tenemos un alma y un espíritu que son eternos, por lo cual hay una lucha
entre el reino de la luz y el reino de las tinieblas por causa de nuestras
almas; y mientras que Dios envió a su hijo Jesucristo a morir en una cruz del
calvario, para poder redimir el alma del hombre pecador, las tinieblas por su
parte hacen todo lo posible para que el hombre no encuentre dicho camino y se
pierda eternamente; y con ese propósito ha creado las religiones, sectas y
filosofías, con el fin de entretener al hombre y mantenerlo ocupado hasta que
le llegue el momento de partir hacia la eternidad, sin haber podido escapar de
la corrupción y del pecado del mundo: “Por medio de las cuales nos ha dado
preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser
participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay
en el mundo a causa de la concupiscencia”. 2 Pedro 1:4
¿Se ha dado cuenta usted de que está en peligro su alma y
su espíritu?
Si te dieras cuenta del peligro que estás corriendo,
seguramente escaparías del mundo y de las religiones, correrías arrepentido a
los pies de Cristo y le recibirías como señor y salvador de tu vida; pues esto
es lo que Dios espera de nosotros. Existe un agravante y es que estamos en los
últimos tiempos y posiblemente mañana ya sea tarde y mañana ya estén cerradas
las puertas del arrepentimiento: “El Señor no retarda su promesa, según
algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no
queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.
2 Pedro 3:9
¿Y cómo debemos seguir entonces a Jesús? Jesús nos
detalla tres pasos en el texto principal:
1.
Niéguese a sí mismo.
El hombre tiene una serie de aspiraciones y de planes
personales para su vida; por su parte Dios tiene también unos planes
específicos para cada ser humano, que solo los vamos a conocer, cuando nos
acerquemos a Dios y le rindamos nuestras vidas a él; entonces él nos hará saber
qué propósitos tiene con cada uno desde la fundación del mundo.
Entonces negarnos a nosotros mismos, significa poner en
las manos de Dios nuestros planes y proyectos y esperar que él nos declare si
esos planes si están acorde con su voluntad o si más bien debemos renunciar a
ellos y tomar otros específicos que él ha diseñado para nuestras vidas.
Muy importante también hablar de la carne con sus
pasiones y deseos, a los cuales debemos renunciar para dar paso a la voluntad
de Dios; pues si no renunciamos a esas pasiones y deseos de la carne y del
mundo, de seguro terminamos muertos espiritualmente, porque estas pasiones y
deseos andan en contraposición con el Espíritu Santo de Dios y por lo tanto nos
conllevan al castigo eterno y no a la vida eterna: “Porque si vivís conforme
a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la
carne, viviréis”. Romanos 8:13.
En síntesis, negarnos a nosotros mismos, es bajar el ego
de su silla, el cual ha gobernado nuestras vidas desde que tenemos uso de razón
y permitir la entrada del Espíritu Santo de Dios a nuestro corazón, y ponernos
en sumisión para que él sea el que gobierne durante el resto de nuestras vidas
terrenales.
2.
Tome su cruz cada día.
Este mundo está lleno de problemas y de tribulaciones en
todos los aspectos de la vida, tanto que la medicina moderna debe enfrentar
unas enfermedades fuera de lo común causadas por el estrés del hombre.
Estos sufrimientos están enmarcados en lo que se denomina
tribulaciones y aflicciones, las cuales componen la cruz que debe cargar el
cristiano a cuestas y de la cual difícilmente podrá ser librado antes de ser
llamado a la presencia de Dios; dado que estas aflicciones son necesarias para
probar y fortalecer la fe del hombre, para forjar su carácter como cristiano y para
hacerlo crecer hasta la estatura de Cristo: “Muchas son las aflicciones del
justo, Pero de todas ellas le librará Jehová”. Salmos 34:19.
Un día vamos a ser librados de las aflicciones; mientras
tanto están deberán permanecer para que cumplan su propósito de conducirnos hacia
la vida eterna: “Confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a
que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas
tribulaciones entremos en el reino de Dios”. Hechos 14:22.
3.
Sígame.
Si queremos ser cristianos fieles, tenemos que tomar el
ejemplo de Jesús y seguir sus pisadas, lo cual indudablemente nos llevará hasta
la presencia de Dios el Padre. Esto significa escudriñar su palabra,
instruirnos mediante ella y obedecerla, de tal forma que nuestra vida sea un
testimonio vivo de Jesús a los que nos rodean, para que ellos puedan creer más
por nuestro testimonio que por nuestras palabras: “Pues para esto fuisteis
llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para
que sigáis sus pisadas”. 1 Pedro 2:21.
Seguir las pisadas de nuestro maestro Jesús, significa
andar en sumisión y obediencia ante Dios el Padre y también significa crecer
cada día en el conocimiento y la sabiduría de lo alto, para que podamos llegar
a la estatura de Cristo y de esta manera, poder ser presentados en el reino de los cielos como
hermanos menores de Jesucristo: “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la
fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo”. Efesios 4:13.
***
Estimado hermano y amigo, si no estás siguiendo a Jesús,
indudablemente estás siguiendo a las tinieblas, pues solo hay dos caminos; y si
no crees en Dios, de seguro vas tras las tinieblas, o si te sientes amparado
por una religión o una secta, de seguro que también vas tras las tinieblas;
pues el que no hace nada para escapar del río del mundo, indudablemente será
arrastrado por sus corrientes y este mundo está en completa armonía con las
tinieblas, de tal forma que la mayoría de los seres humanos marchan en un
estado letárgico hacia el abismo a causa de la incredulidad y la dureza de sus corazones;
el problema es que no saben qué está pasando en su interior ni en sus
alrededores y solo van a despertar cuando se encuentren en medio del fuego del
infierno.
Este camino a través de Jesús es voluntario, pues Dios no
le ha impuesto nada al hombre y lo deja para que él mismo determine por dónde quiere
caminar: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí”; de tal
forma que cuando el hombre esté en el infierno, no le vaya a echar la culpa a
Dios; pero si termina en el cielo, entonces sí tenga motivos para glorificar a
Dios por una eternidad.
Que Dios los bendiga grande y abundantemente.
Estimado amigo, si
deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta:
“Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para
que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del
calvario. Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido
que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques,
porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu. A partir de hoy me
comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y
sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por
una eternidad. Amen”. Y si estás en peligro de muerte y no
estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor
Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que
invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

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