La salvación es para los obedientes.

Es muy común encontrar personas que dicen creer en Dios y que por esa causa tienen la completa seguridad de que entrarán al reino de los cielos, así no vivan realmente el cristianismo, pero ¿qué dice la Palabra de Dios referente a esto?

Texto: Mateo 7:21.

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

CONCLUSIONES.

El hombre con respecto a su vida espiritual está catalogado en varios grupos así:

1.  Los incrédulos y ateos.

Hay un grupo no muy significativo de personas que no creen en Dios, pero sí creen en Darwin quien se inventó la teoría de la evolución de las especies, y para ellos desafortunadamente tampoco existe la salvación; pues por el hecho de no creer en el Hijo de Dios ya están reservados para el castigo eterno, así no crean que haya infierno: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”. Juan 3:18.

Esto es parecido a lo que sucedió al presidente de un país vecino, quien jamás pensó que podría estar preso en un país extranjero, pues tenía un sistema de seguridad casi “impenetrable”, pero este no le sirvió de nada al momento de su captura; así pasará a los incrédulos, pues no podrán escapar de la muerte y luego, con mucha más razón no podrán evitar que su alma y espíritu sean arrastrados al infierno.

2.  Los religiosos y devotos.

Hay un grupo muy grande de religiosos, que son devotos cada uno de una religión específica, muchas de ellas con diferentes dioses, los cuales ofrecen un tipo de salvación más o menos parecido, pero que en su mayoría no tienen grandes exigencias para con sus simpatizantes; pues piensan que, con el solo hecho de ser adeptos, seguidores o devotos, que con eso ya tienen garantizada la salvación que ofrece su dios.

En este grupo se encuentra la iglesia popular, pues para ellos es suficiente con solo ir a la iglesia el domingo y escuchar el sermón para ser partícipes de la salvación; además de que tienen muchos santos e intercesores con los cuales le garantizan a sus feligreses que ellos entrarán al cielo una vez partan de esta vida terrenal; y si la devoción y la intercesión de sus santos no funciona, entonces tienen un haz bajo la manga, que consiste en el llamado “purgatorio”, de donde supuestamente serán sacados con cirios encendidos y plegarias de parte de su familia y del círculo más cercano de personas que dejó el difunto aquí en la tierra.

Para esta iglesia popular no existe la obediencia a la Palabra, pero sí son diligentes en cumplir las tradiciones y los sacramentos que ellos mismos se inventaron, como santiguarse cada vez que pasan cerca de los templos, hacerse colocar la señal de la cruz, prenderle cirios a las “santas” estatuas, etc.; y para una pequeña prueba, basta preguntarles sobre el diezmo y sí alguno lo sabe, seguramente le dirán que se trata de dar un día de salario al año, porque no conocen el mandamiento y tampoco les interesa conocerlo; pues si leyeran responsablemente se darían cuenta que el no diezmar es robarle a Dios: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas”. Malaquías 3:8.

Realmente la religiosidad es una estrategia de las tinieblas, para mantener al hombre en estado somnoliento y por esa razón el filósofo Karl Marx dijo "la religión es el opio del pueblo”, de tal forma que cuando despierte en el infierno ya no tenga oportunidad ni de sacudirse; y todo esto se da por la pereza de los religiosos para buscar de verdad a Dios y de caminar en obediencia y santidad a su Palabra.

Considerar como obras de justicia el caminar de rodillas, hacer grandes peregrinaciones, prometer y pagar votos, dar limosnas o la flagelación del cuerpo, es una gran equivocación de algunas religiones, pues solo se trata de obedecer a costumbres paganas que no tienen ningún valor espiritual y dichas obras son solo obras de la carne, que de ninguna manera podrían acompañar a la fe en su materialización.

3.  Los cristianos sin compromiso.

Estos están dentro de las iglesias evangélicas y se trata aproximadamente del 80% de todo el personal que asiste allí. Algunas de estas iglesias siguen el tipo de doctrina “like” o “blanda” que les permite a los creyentes asistir a unos servicios que están diseñados más para atraer a la gente que para persuadirlos de que son pecadores y que necesitan de arrepentimiento; y que también les permite participar de las actividades sin muchos compromisos, sin cambios en su interior y tampoco en su exterior; y donde mayormente los incitan a llevar una vida sin rendición y sin consagración a Dios.

Diría que este grupo se parece mucho a la iglesia popular, que están seguros de que, con solo creer en Dios, que entonces ya tienen asegurada la salvación; en este grupo la mayoría no leen la Palabra, no ayunan, no vigilan, no salen a evangelizar, no oran en la madrugada y tampoco disponen de un altar familiar; y en su mayoría siguen practicando el pecado.

De este grupo, los más entendidos en la Palabra, también son especialistas en buscar artimañas y pretextos para no obedecer a los mandamientos; por ejemplo, no diezman que porque es un mandato del antiguo testamento o sencillamente dicen que lo que ganan no les alcanza; y en términos generales aducen que la salvación es por gracia y que solo basta creer par ser salvos.

Otros se cobijan bajo la premisa de que todos somos pecadores y que entonces un pecadito por aquí y otro pecadito por allá, que eso hace parte de su naturaleza y que para eso murió Cristo en la cruz del calvario, y que Él los lavará con su sangre antes de llevarlos a su reino; pero la Palabra dice que los verdaderos convertidos a Cristo no practican el pecado: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”. 1 Juan 3:9.

Está bien que como primer paso es necesario creer en Jesucristo el hijo de Dios y en su obra redentora; pero esta fe tiene que ir acompañada de obras de justicia, de obras del Espíritu, de lo contrario está muerta y no sirve de nada; esto es parecido al que recibe a Jesucristo en su corazón, pero no muestra ningún cambio, porque aún le sigue gustando pecado: “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta”. Santiago 2:26.

¿Y cuáles son estas obras de justicia?

Indudablemente estas obras consisten en hacer la voluntad de Dios escrita en su Palabra; por ejemplo, el segundo gran mandamiento es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos; pero si en usted sigue operando la avaricia y el egoísmo, y los prójimos suyos se acuestan con hambre, entonces usted no tiene obras de justicia: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?”. Santiago 2:14.

4.  Los cristianos obedientes a Dios.

Este grupo equivale al menos a la quinta parte del pueblo cristiano y por eso dice Dios: “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos”. Mateo 22:14.

Este grupo ha rendido su corazón a Cristo y también su voluntad; por lo tanto, ya no hacen lo que les viene en gana, sino que hacen la voluntad de Dios escrita en su Palabra, esto es lo que se llama negarse a sí mismo para ser discípulo de Cristo.  Este grupo se deleita escudriñando la Palabra de Dios y sobre todo se siente gozoso cuando obedece a todo lo que está allí escrito; y como respuesta a ello, ha muerto al pecado y en su corazón habita el Espíritu Santo de Dios; por lo tanto, está pacientemente esperando la venida de Cristo y preparándose con esmero para que aquel día no vaya a quedar avergonzado delante de su Señor.

Este grupo está convencido como Pablo de que el vivir es con Cristo y que, si ocurre la muerte, esta será de gran ganancia, porque nos permitirá estar en la presencia de Dios: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”. Filipenses 1:21.

La gran verdad.

La verdad es que toda la vida cristiana debe girar en torno al gran amor de Dios, el cual recibimos de Él y que también debemos transmitir a los demás, lo que se convierte en el principal mandamiento para el hombre, y como Dios es invisible, entonces la única forma de responder a ese gran amor de Dios es sometiéndonos a su voluntad, escudriñando su Palabra y obedeciendo los mandamientos allí escritos.

Y también debemos corresponderle a Dios a través del cumplimiento del segundo gran mandamiento de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (lo que se convierte en obras de justicia), pues podemos darle a nuestro prójimo lo que es necesario para su sustento (y así amamos a Dios), pero Dios no necesita nada de esto, ni hace presencia física para que le podamos ayudar: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. Juan 14:15.

El mismo Hijo de Dios nos dio ejemplo de cuál era el verdadero amor para con el Padre y lo demostró ejecutando estrictamente los mandamientos recibidos de Él: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”. Juan 15:10.

En síntesis, la salvación es por la fe más la obediencia; pues sin la fe, el individuo no puede acercarse a Dios, escudriñar su palabra y luego de esto ser obediente; por lo tanto, la fe es el principio de la salvación, pero la obediencia es la culminación, la que finalmente nos llevará a la vida eterna.

Por consiguiente, si un cristiano dice creer en Dios, pero no obedece a su Palabra y como consecuencia de ello tampoco ama a su prójimo, entonces está en tinieblas, aún está muerto espiritualmente, lo que significa que no es una nueva creatura y que tampoco puede entrar al reino de los cielos; como lo dijo Jesucristo a una de las iglesias de Asia que estaba llena de muertos: “Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”. Apocalipsis 3:1

Estimado hermano y amigo, hay un gran abismo entre los que creen en Dios y los que obedecen a su Palabra, y muchos aseguran que con el solo hecho de creer, que Dios en su infinito amor pasará por alto todo pecado; pero Dios no puede tener desobedientes en su reino, porque entonces podrían formar un sindicato en el cielo para exigirle a Dios el cumplimiento de sus promesas y hasta para pedir mejores condiciones de vida allá en su reino, así estén viviendo en la gloria del Padre; y para la muestra un botón, y es el caso de Lucifer que se creyó igual a Dios y lo quiso destronar; y si esa trifulca la hizo un solo individuo, imagínese si Dios dejara entrar a millones de desobedientes, entonces el cielo dejaría de ser un paraíso y se convertiría en otra sociedad depravada como la nuestra.

Y para ilustrar esto tenemos una historia de dos hijos a los cuales su padre envió a labrar a su viña, el primero dijo que no iba, pero más tarde se arrepintió y obedeció; el segundo dijo que sí iba, pero nunca fue; veamos lo que dijo Jesucristo, de quién de los dos era merecedor del cielo: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios”. Mateo 21:31.

Esto nos incita a preguntarnos: ¿De qué sirve creer si no obedecemos?

En conclusión, hay dos tipos de fe: La muerta y la viva; donde la primera carece absolutamente de obras de justicia y la segunda se rinde a Dios y se deleita obedeciendo a sus mandamientos; y solo esta fe viva es la que sirve para salvación: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Efesios 2:8-9.

Por lo cual la salvación es para los obedientes y no para los perezosos que se escudan bajo el manto de la fe, para reclamarle a Dios un reino que por justicia no les pertenece: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?”. Santiago 2:14.

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

  

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