Creer de verdad hace la diferencia entre salvarse o perderse.

Estamos ante un mundo que adolece del conocimiento del verdadero Dios, pero ¿cuál es la raíz de este problema? La razón es que las personas del común y aún muchos cristianos son incrédulos, porque solo andan buscando entretenimiento para su carne, el cual el hombre común haya en las cosas del mundo y algunos cristianos lo hayan en sus iglesias.

Texto: Isaías 53:1.

¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?

CONCLUSIONES.

Partiremos de estos dos principios; que el temor a Dios y el alejarse del pecado es la verdadera sabiduría; y que el conocimiento de Dios es la verdadera inteligencia; pues este conocimiento nos llevará a descubrir el plan de salvación ideado por Dios a través de su Hijo, lo que finalmente nos conducirá a la vida eterna: “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia”. Proverbios 9:10.

Si observamos la finalidad de creer en Dios y de empaparnos de su conocimiento, nos daremos cuenta de que realmente sí vale la pena dejar de buscar entretenimientos y dedicarnos en cuerpo y alma a buscar a Dios, para que Él se acerque a nosotros y haga morada con nosotros: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones”. Santiago 4:8

También es menester recordar que los incrédulos no se quedarán sin castigo, pues el hecho de no creerle a alguien que siempre dice la verdad, como es el caso de Dios, hace que Él se indigne y se enfurezca contra el hombre, como lo sucedido al pueblo de Israel por cuanto no creyeron en Dios, ni confiaron en su salvación: “Por tanto, oyó Jehová, y se indignó; Se encendió el fuego contra Jacob, Y el furor subió también contra Israel, Por cuanto no habían creído a Dios, Ni habían confiado en su salvación”. Salmos 78: 21-22.

Y el problema es que los incrédulos de hoy tienen ya un juicio anticipado (ya han sido condenados), que les vendrá así piensen que la biblia se trata de un cuento o que solo es una religión que alguien quiere imponerles: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”. Juan 3:18.

¿A qué se debe entonces que muchos no crean en el evangelio de Jesucristo?

Veamos algunos de los casos que encontramos en la vida diaria, por los cuales el hombre no cree en los anuncios de Dios:

1. El hombre está entretenido con el mundo.

Hay demasiados distractores en este mundo, como para que el hombre no tenga tiempo de pensar en su vida eterna.  Este caso es parecido al de un joven que está sentado al frente de su videojuego favorito y su mamá lo llama para almorzar y él solo responde “¡Mami, ya voy!”, pero pasan las horas y no aparece el muchacho por ningún lado, debido a que todos sus sentidos están sumidos en el juego.

De esta misma manera el hombre está entretenido en su trabajo, ocupado con los videojuegos, con las redes sociales, con el WhatsApp; está entretenido viendo publicaciones, compartiendo con sus amigos, viajando, conociendo, divirtiéndose, etc.; lo que hace que cualquier anuncio de parte de Dios sea ignorado y rechazado.

2.  El hombre es jactancioso y orgulloso.

El hombre cree que se las sabe todas y considera que todo el conocimiento espiritual sobra, porque él es lo suficientemente inteligente para tener éxito en esta vida, para sobresalir en sus negocios, en su trabajo y en su familia; sin necesidad de un Dios que solo viene a perturbarle su preciosa vida “dicen ellos”.

La realidad es que el orgullo solo dura mientras el hombre esté viviendo sin problemas, porque cuando estos vienen, como el caso de las enfermedades graves, y ellos están a punto de morir (si es que se dan cuenta), entonces lloran y se arrepienten de haber malgastado su tiempo y de no pensar en lo importante que era su relación con Dios; pues ya están en la antesala de la muerte y no tienen los minutos necesarios, ni la suficiente libertad (porque están atados a las tinieblas), para arrepentirse y cambiar de rumbo sus destinos.

3.  El hombre es incrédulo.

También considera el hombre que es muy inteligente para no dejarse sobornar por los ideales de algunos supuestos religiosos, que lo que procuran es poner más cargas a sus vidas, que lo que quieren es robarle la tranquilidad y sacarlo de donde está viviendo en forma confortable; así le aseguren, que detrás de esos anuncios se encuentra la vida eterna.

Ellos dicen que “el todo de la vida” es trabajar y disfrutar de sus frutos comiendo, bebiendo, paseando, satisfaciendo su ego y haciendo rumbas; y que más allá de estas cosas no hay nada, ya que nadie ha regresado después de su muerte para confirmarles cuál es la realidad del más allá; y que en síntesis la única realidad es esta: “ver para creer”; y que, si no han visto nada, que entonces tampoco se dejarán robar su tranquilidad.

4.  El hombre es religioso.

En su mayoría al hombre le encantan los rituales, máxime cuando se trata de cumplir con tradiciones y mandamientos de hombres; ya que con estos están contradiciendo y desagradando a Dios (el diablo es especialista en incitar al hombre en contra de Dios), y fuera de lo anterior, esos rituales no traen consigo compromisos, como sucede con la gente cuando va al sermón del domingo, que simulan que están escuchando la palabra de Dios y vuelven a su casa sin haber entendido nada y sin haber adquirido ningún compromiso con su Creador.

Creen que, con solo encomendarse a una de tantas vírgenes de la iglesia popular, que con eso adquieren la licencia para pecar el resto de la semana sin ser vistos por Dios. Allí ni siquiera hay arrepentimiento, ni mucho menos el compromiso de abandonar definitivamente el pecado, y más bien creen que recitando unas pocas oraciones de vez en cuando, que entonces son liberados y llevados prontamente al cielo una vez se mueran.

5.  El hombre es perezoso.

Esto se nota mayormente en el hombre común, que tienen pereza de escuchar la palabra de Dios y mucha más pereza de ir a una iglesia a recibir doctrina, a prepararse para el bautismo y a cumplir con algunos compromisos como nuevo discípulo; también tienen pereza de ir a los cultos o servicios y solo la dejarían si estuvieran a punto de morir y su conciencia los estuviera acusando de todo cuanto dejaron de hacer en sus vidas y que era necesario para afrontar la transición entre la vida y la muerte.

6. El hombre solo busca entretenimiento.

Si tal o cual cosa no es entretenida, entonces para nada le llama la atención al hombre; por eso al hombre común no le llama la atención el estar en una iglesia, pues es más divertido según ellos, estar tomando unas cervecitas con sus amigos, estar alrededor de un sancocho a la orilla de un río, estar en una playa viendo el sonido de las olas rompiendo contra la playa, estar en un almuerzo en familia, estar visitando lugares turísticos dentro o fuera del país, etc.; pero estar en una iglesia, “¡Qué cosa tan aburrida!” dicen muchos.

Y aún los cristianos no se escapan de este problema, pues ya se han acostumbrado a ir a la iglesia los domingos como una forma de entretenimiento y es por eso, que hay cristianos que llevan toda una vida asistiendo a la iglesia varios días a la semana, pero siguen siendo inconversos; es decir, todavía siguen practicando el pecado, porque no hay un verdadero deseo en sus corazones de agradar a Dios y de acercarse a Él arrepentidos; sino que más bien, llevan sus cuerpos a la iglesia, y sus mentes duermen junto a sus cuerpos en la silla o sus mentes están en el trabajo, en sus finanzas, en su salud, en su familia o en sus problemas; y aunque muchos alaban a Dios, lo hacen como los loros, porque su mente no estaba con ellos y escucharon la palabra como un bebé que escucha las canciones de cuna que lo arrullan mientras cierra sus ojitos; es decir, que su mente no está en el templo, ni mucho menos está atenta para deleitarse en la palabra de Dios.

Otros van a hacer vida social porque esto es más entretenido que lo otro, van a hablar con sus amigos, a des atrasarse de todos los acontecimientos de la semana, a tomar un café y algunos alimentos, a compartir; pero en sus corazones no hay el deseo de estar en comunión con Dios; pues inicia el servicio y algunos siguen compartiendo en la cafetería como si no hubiera sucedido nada.

En síntesis, los que van detrás del entretenimiento tampoco han creído, pues si de verdad lo hubieran hecho, ya se habrían convertido de verdad y fueran nuevas creaturas, aptas para entrar al reino de los cielos. Cuando hay lágrimas en medio de la alabanza, es que el cristiano está rindiendo su corazón a Dios y que está presente tanto en cuerpo como en espíritu; algo parecido ocurre con la palabra, si esta causa tristeza, dolor y arrepentimiento, entonces es que el cristiano está presente con todo su ser y está esperando ansiosamente que la palabra lo instruya y lo transforme, de forma similar como ocurre en un corral de gallinas, que ellas están esperando el momento en que tiren el maíz para abalanzarse sobre él, atraparlo con sus picos y tragarlo.

¿Y cuál es la verdadera dificultad para creer?

Sin duda alguna hay una gran incidencia de las tinieblas, sobre todo en aquellos que no han decidido escapar de este mundo como sistema, el cual está controlado por las tinieblas; entonces andan bajo un manto de incredulidad que ha puesto el diablo sobre sus vidas, para que no crean y se salven: “Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven”. Lucas 8:12

Los apóstoles tampoco estaban totalmente libres de la influencia de las tinieblas, y aun cuando vivieron y compartieron con Jesús, padecían también de incredulidad: “Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado”. Marcos 16:14.

Cuando la gente cree de verdad, entonces se producen cambios tangibles, que se pueden apreciar desde afuera, como el caso del arrepentimiento que generalmente va acompañado de lloro y de lamento; por lo que si una persona solo acepta lo que escucha y no hay ninguna manifestación externa, el tal seguramente no ha creído: “Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos”. Hechos 19:18.

Es cierto, que el evangelio ha llegado a la mayor parte de la población mundial, pero muchos no han creído y de los pocos que han creído, hay una mayoría que no obedecen; por lo tanto, estos tampoco entrarán al reino de los cielos: “Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?”. Romanos 10:16.

Estimado hermano y amigo, sino has creído de verdad en Dios y en su plan de salvación, ya es hora de que lo hagas, pues pronto las puertas del arrepentimiento estarán cerradas y solo habrá un camino disponible para el hombre, y ese es el camino de la perdición. Hay que escuchar el evangelio y creer en Jesucristo quien nos redimió con su sangre derramada en la cruz del calvario, para poder recibir el sello o boleto de entrada al reino de los cielos: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”. Efesios 1:13.

Por eso Dios es enfático en decir, “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?”; pues durante muchos años nos ha hablado a través de los profetas y a través de su palabra, pero muchos ignoran este llamado que es de vida o muerte. Cuántos de los que están hoy en el infierno, quisieran tener la oportunidad de vivir siquiera otro día, para arrepentirse y estar en la presencia de Dios clamando por misericordia para sus vidas. No desperdicies el llamado de Dios, atiéndelo antes que sea tarde.

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21. 

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