El único requisito para morir.

Hay un dicho popular que reza: “El único requisito para uno morirse es estar vivo”; ¿pero será esto del todo cierto? Para demostrar con hechos cuál es la realidad de este asunto, vamos a recordar el episodio de la muerte de Lázaro el amigo de Jesús.

Texto: Juan 11:38-44.

Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir”.

CONCLUSIONES.

Si estudiamos la Palabra de Dios vemos una realidad muy diferente a lo que siempre hemos pensado, pues para Dios el estado de muerte es como pasar a un sueño profundo, aun cuando el cuerpo se esté descomponiendo; y por eso Jesús pronunció estas palabras, donde hace énfasis en que Lázaro estaba dormido (aunque llevara cuatro días de muerto), antes de disponerse a ir donde estaba enterrado: “Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle”. Juan 11:11.

Luego de su visita al sepulcro de Lázaro, Jesús lo despertó, aunque en el proceso, y haciendo uso de sus poderes sobrenaturales, le tocó renovar todos sus órganos descompuestos y finalmente lo que sucedió fue que el alma que estaba durmiendo lejos del cuerpo, fuera traída de regreso a su casa y esto produjo que volviera la vida en Lázaro; pues la vida del cuerpo está en el alma y el espíritu: “Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió”.

Con estos principios que hemos tratado, ya podemos tener unas conclusiones muy profundas y es que la muerte se produce en dos etapas: Como prerrequisito de la primera tenemos que estar vivos; es decir, tener la presencia del alma y del espíritu dentro del cuerpo, para que luego que estos abandonen el cuerpo, este cese todas sus actividades funcionales y vitales, y empiece su proceso de descomposición; la segunda etapa que se tiene que superar es la aprobación de Dios y aquí cabe la pregunta: ¿Es la voluntad de Dios que dicho individuo muera definitivamente? Si no es la voluntad de Dios; es decir, que no está en sus planes y propósitos, entonces el individuo tendrá que volver a la vida, a su cuerpo todavía tibio o en el caso de Lázaro, volver a un cuerpo totalmente renovado.

En síntesis, en la segunda etapa, es donde se define si el difunto sigue su proceso o tiene que devolverse y en este punto es donde ha habido muchos testimonios de personas que mueren clínicamente y llegan a un túnel con una luz al fondo y antes de llegar a la luz Jesús les dice, “todavía no es tu hora, regresa”, y muchos han recibido otros mensajes, los cuales están en sus mentes al momento de resucitar y que son cosas que los han marcado durante el resto de sus vidas terrenales.

Entonces no importa si el cuerpo está descompuesto, pues Jesús que es la “resurrección y la vida” lo puede resucitar y permitir que continúe su vida normal hasta que llegue su hora definitiva de partir a la eternidad: “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”. Juan 11:25.

Claro está que esta cita aplica también a los muertos espirituales, aquellos que viven en pecado, los cuales, si creen en Jesucristo y le reciben como su señor y salvador, entonces serán pasados de muerte a vida; es decir, serán hechos nuevas creaturas: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. Juan 5:24.

Por todo lo anterior no se necesita estar vivos para morirse; más bien se necesita la voluntad de Dios para morir definitivamente y por eso dice Dios en su Palabra que no temamos a aquellos que puedan matar nuestros cuerpos, sino a aquel que puede enviar nuestras almas al infierno: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”. Mateo 10:28.

Nuestro Señor Jesucristo tiene las llaves de la muerte y del infierno, y sólo Él puede definir quién debe morir y más aún puede abrir la puerta del infierno para permitir su paso y por eso en la cita anterior habla que Jesucristo puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno (Hades): “Y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”. Apocalipsis 1:18. Cuando se habla de un cuerpo que va al infierno, ya no se trata del cuerpo físico, sino del cuerpo espiritual, que es aquel que envuelve el alma y el espíritu, y que es eterno.

Esto enfatiza que luego de la aprobación de Dios para nuestra muerte, nos tenemos que enfrentar a uno de dos caminos: El cielo o el infierno; dependiendo de si teníamos o no a Cristo en nuestros corazones; es decir, si habíamos nacido de nuevo o no mediante al bautismo del Espíritu Santo.

Estimado hermano y amigo, no temas a la muerte, teme más bien en llegar a la muerte sin Cristo en el corazón, porque la ausencia de Cristo garantiza que los ángeles de la muerte recogerán tu alma y tu espíritu, y los llevarán encadenados hacia el infierno y esta es la verdadera muerte, porque allí solo habrá lloro y crujir de dientes por una eternidad: “y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes”. Mateo 13:42.

El que no tiene a Cristo en su corazón, es porque no ha pasado por la primera resurrección, que consiste en crucificar el cuerpo de pecado (mediante el bautismo) y renacer como una nueva creatura mediante el poder del Espíritu Santo; una creatura limpia, pura y apta para entrar al reino de los cielos; en cambio los que siguen practicando el pecado y que están muertos espiritualmente, indudablemente tendrán que enfrentar la muerte segunda, que consiste en ser echados en el lago de fuego y azufre por una eternidad: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”. Apocalipsis 21:8.

Observar que aún los mentirosos tendrán que enfrentar la muerte segunda y esta es una práctica generalizada en el mundo actual, ya que hay muy pocos que realmente se cuidan de la mentira, y cuántos más habrá que se mantengan diciendo vulgaridades a toda hora, los cuales por sus blasfemias serán también condenados.

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

  

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