La esencia del amor al prójimo.

Dios dice en su Palabra que uno de los grandes mandamientos es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos; sin embargo, parece que la gente del común no tiene idea de qué se trata esto.

Texto:  Mateo 25:41-46.

Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”.

CONCLUSIONES.

Para comenzar recordaremos el segundo gran mandamiento: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos”. Marcos 12:31. Y este a su vez tiene una gran dependencia del primero que dice: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento”. Marcos 12:30.

Cuando habla de corazón y de mente, se refiere a componentes del alma, la cual es una parte del ser intangible del hombre, pero que Dios ve, escucha y conoce; de tal forma que amar a Dios con el corazón y la mente consiste primordialmente en albergar en nuestro interior al único y verdadero Dios y de la misma manera agradar, alabar y adorar su santo nombre con nuestra mente, con nuestra boca y con nuestro testimonio; pero cuando habla de hacerlo con todas nuestras fuerzas, ya involucra al cuerpo físico y como Dios es invisible por ser Espíritu, entonces el hombre se ve impedido para acercarse a Dios y amarlo con sus fuerzas físicas y por dicha razón, entra a funcionar el segundo gran mandamiento como sustituto de aquel amor material que no puede darse en el primero, para que hagamos con nuestro prójimo todo aquello para lo cual estamos imposibilitados de hacerlo con Dios.

Ahora, ¿en qué consiste el amor a nuestro prójimo?

Este texto principal es verdaderamente enriquecedor y nos da una lista de tareas que debemos hacer con las personas necesitadas (las cuales se convierten en nuestro prójimo), mayormente con nuestros hermanos en la fe, que son aquellos que entregaron sus vidas a Jesucristo y que buscan diariamente la presencia de Dios: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. Gálatas 6:10.

Es decir, que si usted asiste a un iglesia cristiana, seguramente allá habrá también personas necesitadas, quienes primeramente merecen su atención, porque ellas también son partícipes de la gracia de Dios, lo que no ocurre si usted ayuda a una persona de la calle, quien ha sido reducido a la miseria por parte del diablo y seguramente por rechazar el llamado al evangelio de Jesucristo, lo que significa que ayudar a estas personas, no lo eximirá del cumplimiento del mandamiento, ni mucho menos sus ayudas serán tenidas como ofrendas de amor delante de Dios, de las cuales Él se ve obligado a retribuirle al creyente.

El problema de las personas de la calle es que están bajo maldición, pues si fueran justos, seguramente también andarían en bendición y no estarían en esa situación tan miserable; sin embargo, si desde su corazón desea ayudarles, no habría problema: “Joven fui, y he envejecido, Y no he visto justo desamparado, Ni su descendencia que mendigue pan”. Salmos 37:25. La promesa de Dios es que los justos jamás mendigarán pan.

Y si en las iglesias también hay necesitados, es para que se pueda cumplir el segundo mandamiento, pues si todos fueran ricos, primero no necesitarían de Dios y por ende no se hubieran convertido a Cristo; y como segundo, entonces no hubiera prójimos necesitados y por consiguiente el cristiano no podría amar a Dios a través de sus semejantes: “Siempre tendréis a los pobres con vosotros, y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis”. Marcos 14:7.

Veamos según la cita bíblica principal qué actividades son las que debemos hacer con nuestro prójimo:

1.  Ayudarles con su alimentación: “Porque tuve hambre, y no me disteis de comer”. Quizás sea uno de los puntos más neurálgicos de los necesitados, pues debido a su escasez de recursos, posiblemente deban llevar a la mesa menos comidas de las necesarias y con menos contenido nutricional. He escuchado de personas que en algunas oportunidades solo han tenido aguapanela con galletas para calmar su hambre y esto no debería ocurrir si estas personas pertenecen a una comunidad cristiana que ama a sus semejantes.

2.  Asistirlos en su hidratación, pues fuera de las comidas es necesaria la ingesta de líquidos para mantener hidratado el cuerpo y también con una buena función renal: “tuve sed, y no me disteis de beber”.

3.  Dar posada en nuestra casa a hermanos en la fe que se desplazan de otros lugares de nuestro territorio: “fui forastero, y no me recogisteis”.

4.  Proveerles abrigo para el cuerpo: “estuve desnudo, y no me cubristeis”. Aquí no necesariamente se trata de comprarles prendas nuevas, sino que hay muchas cosas que ya no usamos y que están en buen estado, las cuales debemos sacar de nuestro armario y hacer que lleguen a personas que de verdad las necesitan.

5.  Visitar a los enfermos y a los privados de su libertad: “enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis”.  Estas visitas podrían significar aportes económicos para la compra de medicamentos, pago de tratamientos, y para el caso de los presos, es posible que se requieran ayudas para pagar abogados y procesos, y también para aportar a la solución de las necesidades de sus allegados que están casa y que se han visto afectados por estos problemas.

Observen que no hay una actividad que se llame “dar limosna”, dado que esta palabra es diminutiva y significa dar unas cuantas monedas de los que nos sobra; en cambio sí nos manda a ejecutar actividades concretas que directa o indirectamente necesitan una inversión significativa de nuestros recursos económicos; y por eso en el mandamiento hay una frase que dice: “como a ti mismo”, que hace referencia a invertir en nuestro prójimo la misma cantidad de recursos que invertimos en nosotros; es decir, si a nosotros nos gustan las cosas finas, entonces nuestro prójimo también debería aspirar a las mismas cosas de nuestra parte; y si a nosotros nos gustan los manjares, no podemos despachar a nuestro prójimo hambriento con papitas fritas, etc..

¿Y cuál es el veredicto para el que haga caso omiso de este mandamiento?

El veredicto es concreto: “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”. Esto sucederá en el juicio final, donde a la diestra de Dios estarán los justos y a su izquierda los pecadores, impíos y violadores de sus mandatos, a los cuales enviará al lago de fuego y azufre, donde de antemano estarán también el diablo con todos sus demonios, que son los mismos ángeles caídos.

Pero como el hombre es disociativo por naturaleza, aún en la presencia de Dios no se quedará callado y querrá escusarse delante del Él diciendo que nunca vieron al Señor en estado de necesidad: “Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?”.

Es lógico que no podemos ver a Dios (al menos en nuestro estado actual) y que Él jamás estará necesitado como para que nosotros podamos brindarle ayuda; pero para esto creó Dios la figura del prójimo y es ese, que por su naturaleza física igual a la de nosotros, que puede recibir nuestras ayudas; es decir este es el sustituto perfecto creado por Dios, para que el hombre pueda cumplir con estos mandatos y así estar seguros de que lo estamos haciendo directamente con Dios: “Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”.

¿Y qué tan grave es incumplir con este segundo gran mandamiento?

Se trata de un mandamiento principal y por lo tanto su incumplimiento es un acto gravísimo, pues estamos cometiendo rebelión contra Dios, por cuanto no le estamos dando la provisión para sus necesidades básicas a través del prójimo, aunque Dios no padezca de ninguna necesidad.

Estimado hermano y amigo, el trasfondo de estos dos grandes mandamientos es el amor a Dios, el cual debe ser íntegro de nuestra parte; es decir, que debemos amar a Dios con el cuerpo, alma y espíritu; y como Dios es Espíritu, entonces nosotros como seres espirituales podemos tener comunión con Él y mediante este canal, expresarle nuestro amor Espiritual; no así sucede con el amor terrenal, el cual debemos expresar a Dios a través de un sustituto llamado prójimo; por lo cual si eludimos estos mandatos, entonces no estamos amando a Dios: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. 1 Juan 4:20.

Y esto es muy parecido a lo que sucede con el diezmo, las primicias y las ofrendas; pues a Dios no le podemos entregar el diezmo porque el dinero es físico y Dios es espiritual, pero para eso Dios creó un sustituto y es su obra aquí en la tierra, que sí necesita de recursos físicos para funcionar y que, entregando nuestros diezmos a esta institución física, lo estamos haciendo también directamente con Dios.

El hecho de dar a los pobres debe llamarse más bien una inversión, dado que se trata de un mandamiento con promesa, la cual consiste en que Dios devolverá todo cuanto demos a nuestro prójimo: “A Jehová presta el que da al pobre, Y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar”. Proverbios 19:17. Y siendo parte del cumplimiento del primer mandamiento, tiene otra promesa mucho más trascendental que es la vida eterna; por lo tanto, si eres un verdadero cristiano y das al pobre, entonces tendrás recompensas eternas allá en el reino de los cielos.

Y recordar que eludir los mandatos de Dios se constituye en rebelión e injusticia y a los que cometen estos pecados no les irá muy bien: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”. Y esto sucederá a todo aquel que ni siquiera sabe qué es el prójimo o que sencillamente elude sus responsabilidades para con él, recordando que un habitante de la calle no puede ser nuestro prójimo, porque no anda bajo la cobertura de Dios y también que dando limosnas y de lo que nos sobra, no estamos cumpliendo con dicho mandamiento.

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

  

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