Arrepentíos y convertíos.
Es cierto que el mundo está en caos, aunque muchos no se hayan dado cuenta; sin embargo, Dios ha puesto en las manos del hombre la solución a este problema; solo que, si el mundo no quiere buscar de Dios, mucho menos se acogerá a una solución planteada por el dueño del universo.
Texto:
Hechos 3:19.
“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean
borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de
refrigerio”.
CONCLUSIONES.
Las catástrofes naturales, las pandemias y las guerras
son juicios que vienen de parte de Dios y que tienen varios propósitos: El
primero es aplacar su ira, el segundo es una respuesta a la rebelión del hombre
y el tercer propósito en sacudir al hombre para que este reflexione y enderece
sus caminos.
Sin embargo, el hombre ha demostrado ser duro de corazón
delante de Dios y aunque pasaron juicios desde el principio de la creación, el
hombre ha sido duro e insensible y no se da por entendido; y aunque las cosas
vayan de mal en peor, siempre alberga la posibilidad de ver días mejores, pero
sin ningún compromiso de su parte para con Dios: “Y dirás: Me hirieron, mas
no me dolió; Me azotaron, mas no lo sentí; Cuando despertare, aún lo volveré a
buscar”. Proverbios 23:35.
¿Y por qué el hombre es tan duro de corazón?
Al parecer hay dos principios que están operando en la
conciencia del hombre: El primero es el consenso general de que hacer lo malo
resulta siendo bueno y el segundo es la influencia de las tinieblas, dado que
en el corazón de una persona común operan uno o más demonios que lo están
incitando a hacer el mal y a rebelarse en contra de Dios; pero el hombre
pareciera feliz contradiciendo la Palabra de Dios, sin saber que esto es
abominación hacia el Creador: “Abominación son a Jehová los perversos de
corazón; Mas los perfectos de camino le son agradables”. Proverbios 11:20.
Estos principios hacen que el corazón del hombre sea cada
día más duro, máxime cuando muchos (sin cambiar su corazón), esperan infructuosamente
que Dios tome cartas en el asunto y que enderece lo que anda torcido; es decir,
desean que Dios pacifique a las naciones, que regule el cambio climático, que
quite las epidemias y enfermedades, y también que desaparezca la pobreza; pero
esto es algo que no hará Dios sin contar con la voluntad del hombre;
pues si este no cambia su corazón, tampoco debe esperar bendición de parte de
Dios y por eso aparece el mandato del texto principal: “arrepentíos y convertíos”.
Si el hombre se arrepiente de corazón y se convierte; es
decir, que muere al viejo hombre de pecado mediante el bautismo (al morir
juntamente con Cristo) y nace como una nueva creatura, mediante el poder de
Dios que también resucitó a Jesús de entre los muertos; entonces Dios hará dos
cosas trascendentales en la vida del hombre:
1. Dios los perdonará.
“Para que sean borrados vuestros pecados”. Dios
echará sus pecados y rebeliones en lo más profundo del mar y no se volverá a
acordar de ellos; es decir que en el juicio final no aparecerán esos pecados por
ningún lado: “Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará
nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”.
Miqueas 7:19.
2. Dios enviará bendición.
“Para que vengan de la presencia del Señor tiempos de
refrigerio”. Imagínese cuando alguien está sediento y recibe un refresco
que levanta sus ánimos y sus energías; de esta misma forma es el refrigerio que
promete Dios, solo que este operará sobre todos los asuntos de la vida del
hombre incluyendo el clima, el medio ambiente, la familia, el trabajo, la
salud, sus bienes, la política, etc.; de tal forma que esto sería maravilloso y
transformaría el mundo por completo; lamentablemente el hombre sufre de conformidad
y de egoísmo; por lo tanto, mientras él como persona se sienta bien, no le
interesa si el mundo a su alrededor se cae a pedazos.
¿Pero qué ha pasado con las bendiciones recibidas?
El hombre ha sido bendecido, pero en vez de agradar a
Dios como respuesta a su gratitud, entonces le hace fiesta al diablo mediante
parrandas. Si Dios le da bienes y riquezas entonces se llena de orgullo y de altives,
y menosprecia a sus semejantes y también a Dios; si Dios le da dinero, entonces
se lo gasta cometiendo pecados, deleitando su carne y sus pasiones, olvidándose
así del prójimo y de Dios; si Dios le da poder entonces se enseñorea de los
demás y empieza a cometer injusticias, atrocidades y hasta homicidios; si Dios
le da la oportunidad de gobernar a una nación, entonces querrá apoderarse de sus recursos y hacer pleito con
otras naciones para mostrar su poderío; y habrán muchos ejemplos en los que el
hombre no aprovecha la bendición de Dios para hacer el bien y ser agradecido,
sino que siempre está buscando oportunidades para hacer el mal.
La voluntad de cambio de muchos hombres está supeditada a
un sentimiento generalizado que revela que un solo individuo no puede cambiar
por sí solo, mientras haya una gran multitud que esté haciendo lo malo; sin
embargo, el hombre debe entender que la responsabilidad delante de Dios es
individual y que un día Él nos juzgará a cada uno por nuestros actos y que no
se tendrá en cuenta lo que hacía la multitud o el mal ejemplo que esta sociedad
le daba a sus individuos, tras de lo cual se escudaban para no cambiar, para no
hacer lo justo y agradable delante de Dios.
Esta situación es parecida a cuando un camión con
alimentos se accidenta cerca de un caserío y entonces la multitud corre a
saquearlo, y usted como persona se siente atraído a hacer lo mismo porque hay
un dicho popular que reza: “Está bien robar para calmar el hambre”. Como
resultado de esto entonces la gente piensa que está bien el hacer lo malo,
porque son muchos los que lo hacen; así también piensan que Dios deberá
perdonar a las multitudes para no sentir dolor al tener que condenar a tanta
gente; pero no se equivoquen, pues Dios es amor, pero también fuego consumidor
para los que se rebelan contra Él: “Por Jehová de los ejércitos serás
visitada con truenos, con terremotos y con gran ruido, con torbellino y
tempestad, y llama de fuego consumidor”. Isaías 29:6.
Estimado hermano y amigo, para que vengan tiempos de
refrigerio de parte de Dios, no solamente debemos arrepentirnos, sino
convertirnos de verdad; de lo contrario la bendición no hallará lugar en
nuestras vidas; es decir, que mientras el hombre no se
haya convertido, toda bendición recibida de parte de Dios operará para ruina.
Un caso que podemos tomar como ejemplo es cuando alguien recibe una gran
bendición económica, y entonces se la gasta en vicios, en despilfarro, en
compras convulsivas, y en general usa estos recursos para hacer y financiar el
mal; este resultado se da porque aquella vasija en la que Dios derramó dicha
bendición estaba sucia y resultó contaminando también la bendición.
Por eso, el hombre no puede esperar bendición de Dios
mientras no se convierta de las tinieblas a la luz admirable de Jesucristo,
mientras no saque el pecado de su corazón y en su lugar tenga la presencia del
Espíritu Santo de Dios; solo que el hombre se niega a transitar por el buen
camino: “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por
las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis
descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos”. Jeremías 6:16.
Si el pueblo de Israel fue duro de corazón y no quisieron
convertirse, ¿qué se espera de la generación de hoy? Ciertamente los juicios
vienen a paso lento, pues la respuesta del hombre es que muchos no quieren
convertirse y que más bien seguirán practicando la maldad y siendo desleales
para con Dios; pero la realidad es que muy pocos individuos reciben la
corrección y se convierten: “Oh Jehová, ¿no miran tus ojos a la verdad? Los
azotaste, y no les dolió; los consumiste, y no quisieron recibir corrección;
endurecieron sus rostros más que la piedra, no quisieron convertirse”.
Jeremías 5:3.
Que Dios los bendiga grande y
abundantemente.
Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario. Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu. A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad. Amen”. Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

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