Gloria humana o divina, ¿cuál desea usted?

El hombre como ser humano está sujeto a pasiones y deseos, y es propenso a buscar su propia gloria; es decir que sea reconocido y aplaudido por algunas cosas como: Las riquezas, la sabiduría humana, la valentía, el poder, la fama, los puestos de honor, las glorias del deporte, los avances científicos, etc.; ¿pero esta gloria sí le servirá al hombre para su vida eterna después de la muerte?

Texto: Jeremías 9:23-24.

Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová”.

CONCLUSIONES.

Para esta reflexión partamos de este principio: Casi todo lo que podemos obtener aquí en el plano terrenal es pasajero, incluyendo al hombre mismo en su estado físico: “Alzad a los cielos vuestros ojos, y mirad abajo a la tierra; porque los cielos serán deshechos como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir, y de la misma manera perecerán sus moradores; pero mi salvación será para siempre, mi justicia no perecerá”. Isaías 51:6.

Según el texto anterior, nada de lo que consigamos aquí perdura para siempre, a excepción de algunas cosas que podemos buscar y que son eternas como la justicia y la salvación de nuestras almas; porque éstas se fundamentan en un Dios verdadero y eterno, quien tiene el poder suficiente para respaldar lo prometido. No así ocurre con la gloria humana, que muere juntamente con el hombre, pues ni aún sus riquezas las puede disfrutar estando en el cementerio.

¿Entonces para qué la gloria humana?

Cuando el hombre sobresale sobre sus semejantes, entonces aparecen varios males terribles que se constituyen en pecado y que también son generadores de maldad, y esos son el orgullo, la arrogancia y la altivez; y cuando el hombre llega a estos niveles entonces reclama su gloria, y si no la puede obtener, entonces desde su posición recurre a estrategias humanas para alcanzar admiración, aplausos y reconocimientos; para alcanzar triunfos y medallas; y cuando esas estrategias son malévolas, entonces no alcanzan admiración, sino más bien desprecio y terror colectivo, como ocurre en el caso de los dictadores de algunas naciones.

El hombre por falta de conocimiento se pone a buscar las cosas pasajeras de este mundo y cuando está a punto de morir se da cuenta que se esforzó toda una vida y que de forma miserable perdió su tiempo, porque no podrá llevarse ninguna riqueza, ningún bien, ni ninguna gloria; pues la gloria desaparecerá junto con el cuerpo, y sus riquezas y bienes pasarán a manos de otras personas que las derrocharán en cuestión de meses, dado que no les costó ni sudor ni esfuerzo; y por eso, para tratar de evitarle estas molestias y pérdidas al hombre, nos aconseja Dios lo siguiente: “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas”.

¿Y cuál es la verdadera gloria que debe buscar el hombre?

Al final de su vida el hombre se da cuenta que trabajó en vano y si tiene algún conocimiento de las escrituras, también se dará cuenta que perdió su alma en su deseo de encontrar gloria para sí mismo, entonces ¿para qué albergamos el deseo de obtener gloria en nuestros corazones? Lo ideal es que escuchemos a Dios y que hagamos lo que Él nos dice en su palabra: “Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová”.

Entonces, según el texto principal, la verdadera gloria del hombre está en:

1.  Entender y conocer a Dios.

Dios fue revelado por su hijo Jesucristo y su conocimiento completo se encuentra en la biblia; por lo tanto, escudriñando la Palabra podemos entender quién es Dios, quiénes somos nosotros, cuál es nuestra relación con Él y qué desea Dios que hagamos para compartir sus riquezas, su gloria y su eternidad.

Es decir, seremos glorificados juntamente con su Hijo Jesucristo, cuando estemos viviendo en nuestra patria celestial, no en la terrenal; y por eso es que vale la pena renunciar a nuestro ego, a nuestras ambiciones y más bien recibir el conocimiento de Dios y rendir nuestras vidas a Él: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”. Romanos 8:17

2.  Comprender que solo Dios es el que hace misericordia, juicio y justicia en la tierra.

Mediante el conocimiento y la sabiduría de Dios es que llegamos a comprender grandes virtudes como su amor y su misericordia; y también comprendemos que, por causa del pecado del mismo hombre, Él se ve obligado a ejecutar juicios y hacer justicia sobre el género humano.

Pero esto no son solo sugerencias, pues en este texto hay algo muy comprometedor que dice: “porque estas cosas quiero, dice Jehová”; lo que hace aparecer los dos puntos anteriores como parte de sus mandamientos. Y eso es porque sin duda Dios nos quiere cuidar, primero de caer en pecados como el orgullo y la soberbia; y segundo quiere evitar que caigamos en el infierno, por causa de la gloria terrenal.

Estimado hermano y amigo, si eres una persona sobresaliente en algún campo material, entrega todas esas cosas en manos de Dios y si eres una persona del común entrega a Él tus necesidades y tus ambiciones; pero en ambos casos entrega tu corazón a Cristo y busca el conocimiento y la inteligencia que vienen de Dios, los cuales te harán sabio para la salvación, mediante la cual podrás disfrutar de la gloria eterna preparada en el reino de los cielos para aquellos que tengan a Cristo en su corazón y que anhelen la salvación de sus almas: “Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. 2 Timoteo 3:15

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

  

Comentarios

Entradas populares de este blog

El sueño espiritual. Romanos 13:11-14

Un llamado al arrepentimiento. Hechos 17:30-31

En ningún otro hay salvación. Hechos 4:11-12