Si pierdes la salvación, no valió la pena haber vivido.
El hombre como ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto tiene propósitos tanto terrenales como espirituales; sin embargo, la ignorancia acerca de la palabra de Dios hace que el hombre no tenga el conocimiento suficiente de lo que le espera más allá de la muerte y de cómo prepararse para dicho evento.
Texto:
Hebreos 4:11-12.
“Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los
edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay
salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a
los hombres, en que podamos ser salvos”.
CONCLUSIONES.
Al hombre le fue dado el privilegio de enseñorearse de la
creación y por lo tanto, esto hace que también pueda tener metas terrenales que
lo ayuden a vivir a plenitud, sacando el mayor provecho de los recursos, la
fuerza, la vida, la salud, la inteligencia y la sabiduría entregados por Dios:
“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra
semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las
bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”.
Génesis 1:26.
Pero un día llegará la muerte de cada individuo y si por
misericordia de Dios tiene un tiempo de reflexión antes de partir de este mundo,
se dará cuenta que vivió muchos años, pero que no se puede llevar nada de lo
que consiguió y que posiblemente sacrificó su juventud y sus fuerzas para
estudiar, para conseguir estabilidad económica, para conseguir bienes y
riquezas, para levantar una familia, para buscar fama, etc.; y que ahora que
está al borde de la muerte, ya sin fuerzas y sin salud, entonces se dará cuenta
que perdió su vida en cosas vanas y que descuidó su eternidad: “Hay un mal
que he visto debajo del cielo, y muy común entre los hombres: El del hombre a
quien Dios da riquezas y bienes y honra, y nada le falta de todo lo que su alma
desea; pero Dios no le da facultad de disfrutar de ello, sino que lo disfrutan
los extraños. Esto es vanidad, y mal doloroso”. Eclesiastés 6:1-2.
Entonces el hombre debe enfrentarse a una realidad
escalofriante y es que llegó a este mundo sin nada y que también se irá sin nada
terrenal; y aunque posea muchas riquezas y gloria, nada de eso podrán echarle
junto a la tumba, y si le echaren algo tangible, nada podría llevarse: “y
dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio,
y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Job 1:21.
Pero no todo termina con la muerte física, pues el hombre
es poseedor de un alma y un espíritu, y es a partir de ese momento que viene lo
eterno para el hombre.
Dios es un Dios de propósitos y no hubiera creado al
hombre solo para cumplir el ciclo de vida normal de los animales (nacer,
crecer, reproducirse y morir); Dios creó al hombre para la alabanza de su
gloria y este es un propósito eterno, dado que tanto el hombre como Dios son de
carácter eternos: “a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros
los que primeramente esperábamos en Cristo”. Efesios 1:12
Y para que este propósito sea cumplido por el hombre,
entonces se requiere que este alcance la salvación y no la perdición, pues
desde el infierno es imposible alabar Dios por la condición tan precaria y
miserable que estará padeciendo el hombre en ese lugar: “Porque en la muerte
no hay memoria de ti; En el Seol, ¿quién te alabará?”. Salmos 6:5. “Porque
el Seol no te exaltará, ni te alabará la muerte; ni los que descienden al
sepulcro esperarán tu verdad”. Isaías 38:18.
Entonces si el hombre desperdicia su vida y no la
aprovecha para buscar la salvación de su alma, el resultado es que todos los
esfuerzos, el sudor y las lágrimas que derramó mientras estaba vivo sobre la
tierra, se perdieron; no valió la pena que fuera un gran emprendedor, no valió
la pena que lograra obtener muchas riquezas, no valió la pena que tuviera una
gran familia con hijos profesionales, no valió la pena tener fincas y carros,
no valió la pena divertirse con las cosas pasajeras del mundo, no valió la pena
ser un líder destacado en la política, no valió la pena ir de turismo por todos
los países de la tierra, no valió la pena disfrutar de todo lo que su corazón deseaba;
en síntesis, no valió la pena vivir, si va a estar en el infierno por una
eternidad; pues los tormentos y castigos borrarán los momentos felices y
gloriosos que tuvo sobre la tierra.
¿Y cuál es la solución para evitar este problema de ir al
infierno?
La solución es tomar la medicina del evangelio de
Jesucristo, esta medicina te curará del pecado y de la muerte espiritual, te
hará crecer y te capacitará para una vida eterna en el reino de los cielos: “Porque
no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo
aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego”. Romanos 1:16
¿Y hasta cuándo debe tomar esta medicina?
El pecado amparado por las tinieblas está ahí
insinuándote, haciéndote malas propuestas, empujándote hacia el mal, tentándote
a ver si caes; por lo tanto, esta medicina debe tomarse a diario, hasta que
llegue el final de sus días sobre la tierra; y allí ya liberado del cuerpo
físico y del mundo que lo rodea, entonces ya no habrá peligro de caer y solo
allí podrá suspender su medicina: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la
corona de la vida”. Apocalipsis 2:10b.
Algo igual sucede con los diabéticos, ellos deben tomar
su medicina todos los días hasta que se mueran y si no lo hacen, entonces
podrían llegar a tener un coma diabético, lo que los podría conducir a una
muerte prematura; en forma similar y en el sentido espiritual, esto hace que
tengamos que ser muy responsables en cuidar nuestra salvación con temor y
temblor: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en
mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra
salvación con temor y temblor”. Filipenses 2:12
¿Y cómo saber que la medicina está haciendo el efecto
deseado?
El evangelio como medicina, si se toma todos los días con
fe en Dios, dejando de antemano los remedios caseros y las tradiciones humanas
para ir al cielo y obedeciendo a la palabra escrita, esto provoca la entrada
del Espíritu Santo en nuestros corazones, el que indudablemente coloca allí un
sello de redención, que es un dispositivo visible en el mundo espiritual (como
el transponder de los aviones que lo hace visible a los radares), mediante el
cual todo el ejército celestial puede determinar a ciencia cierta, quién es
hijo de Dios y quién no: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra
de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis
sellados con el Espíritu Santo de la promesa”. Efesios 1:13.
Este sello es visible en el campo espiritual, pero como
usted necesita físicamente saber si su medicina le está cayendo bien, entonces
debe observar el fruto del Espíritu, cuyas manifestaciones son amor, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza; por lo cual, si
evidencia estas virtudes en su vida diaria, quiere decir que ha sanado del
pecado y de la muerte espiritual, y que está preparado para partir con el Señor
uva vez muera físicamente.
Y estamos hablando de una medicina muy compleja y
potente, tanto que es capaz de limpiar al hombre de su pecado y de su
inmundicia (a través del bautismo del Espíritu) y que es capaz de transformarlo
en una nueva criatura (a través del poder de Dios); por lo tanto, el hecho de
no tomar esta medicina hace que el paciente muera en pecado y sin Cristo en su
corazón, y que por consiguiente tenga una eternidad de castigo: “¿cómo
escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual,
habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los
que oyeron”. Hebreos 2:3.
Estimado hermano y amigo, el único autor de esta medicina
se llama Jesucristo y hay una condición muy especial para que dicha medicina le
pueda hacer efecto, y es que solo actúa en aquellas personas que son obedientes
al evangelio; pues de antemano los desobedientes estarán excluidos del reino de
Dios: “y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para
todos los que le obedecen”. Hebreos 5:9.
Que Dios los bendiga grande y
abundantemente.
Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario. Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu. A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad. Amen”. Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

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