El fastidio a la palabra de Dios, un problema muy común.
No todo nos cae bien, máxime cuando hablamos de alimentos, de personas, de relaciones, de vestuario y mucho más de medicamentos; pero hay otras cosas que, aunque no nos gusten, a la larga van a traer provecho a nuestras vidas y una de ellas es la palabra de Dios.
Texto:
Levítico 26:43.
“Pero la tierra será abandonada por ellos, y gozará sus días
de reposo, estando desierta a causa de ellos; y entonces se someterán al
castigo de sus iniquidades; por cuanto menospreciaron mis
ordenanzas, y su alma tuvo fastidio de mis estatutos”.
CONCLUSIONES.
El pueblo de Israel fue castigado en gran manera, unos
fueron traspasados por espada, otros murieron de hambre durante el asedio del
ejército de Babilonia, otros murieron por causa de las pestilencias y los más
afortunados fueron llevados cautivos a Babilonia durante 70 años, hasta que
Dios calmara su ira en contra de este pueblo, ya que ellos menospreciaron sus
estatutos y ordenanzas; pues pensaron que Dios era como cualquier hombre y que
no le debían obediencia.
Pensaban que desobedecer no les traería ninguna
consecuencia, que era Dios quien se debía aguantar todo por haberlos hecho
pueblo suyo; es decir que, según ellos, Dios tenía que sufrir las consecuencias
de tomar gente del común y hacerlos sus hijos; por lo cual esperaban que Él
fuera permisivo con ellos, dejándoles rendir culto a todos los ídolos de los
pueblos vecinos con los cuales se mezclaron; y finalmente sus ritos y
sacrificios extraños fueron los que irritaron a Dios.
Ellos rechazaron su palabra y la tuvieron en poco; pero
el mundo moderno no se queda atrás, pues la palabra de Dios es rechazada en
todos los círculos sociales y los que llegan a los pies de Cristo generalmente
son los pobres, menesterosos, arruinados y enfermos; ya que no les quedan
recursos para aliviar sus males y el último cartucho por quemar es Jesucristo;
por lo tanto, piensan que, si se acercan a Él, hay más probabilidades de ganar
que de perder.
No así sucede con los supuestos sabios e inteligentes de
la tierra, ya que para ellos lo más importante son sus proyectos, sus bienes,
sus riquezas, su bienestar, sus familias, sus empresas; es decir, que aún
tienen mucha tela por cortar y que acercarse a Jesucristo posiblemente les
haría perder gran parte de lo que han conseguido y que también los dejaría a
merced del escarnio público; es decir, que tendrían más por perder que por
ganar.
El mundo moderno tiene fastidio de Dios y de su palabra,
no la soportan, no la quieren tener cerca y para mantener su conciencia
tranquila, entonces acuden a las religiones, las cuales no tienen ninguna
exigencia para con el hombre; pues allá no tienen que aportar nada, ni siquiera
tienen que llevar biblia, no tienen compromiso con ninguna actividad y mucho
menos con Dios; porque esas religiones y sus seguidores solo responden a unas
tradiciones que en el trasfondo lo que hacen es reemplazar los mandamientos de
Dios, ya que para ellos estos últimos son gravosos y requieren fidelidad,
compromiso y obediencia; lo que no es necesario frente a una religión.
Para unos pocos, la palabra de Dios es un manjar
exquisito para su alma: “Pues tus testimonios son mis delicias y mis
consejeros”. Salmos 119:24; mientras que para la mayoría es fastidiosa,
pues a los que predican la palabra los tildan de religiosos, sin saber que
realmente ellos son los religiosos y que no desean despertar de ese letargo
para no tener compromisos qué cumplir, ni mucho menos, para tener que rendir
cuentas delante de Dios, sabiendo que por el hecho de rechazar la palabra ya
han pecado por incredulidad y la paga de su pecado no se hará esperar: “a
fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se
complacieron en la injusticia”. 2 Tesalonicenses 2:12.
Estimado hermano y amigo, la única medicina para este
mundo depravado e impío es la palabra de Dios, ¿Pero el hombre querrá tomar
esta medicina? Seguramente que no; pues no la quiso tomar el pueblo de Israel y
mucho menos la tomará el mundo moderno. Muchos se contentan solo con creer que
existe Dios, pero no quieren saber nada de su palabra, ni mucho menos de
compromisos.
El pueblo de Israel era privilegiado y se gozaba viendo
la presencia de Dios, por lo cual uno podría decir que no había forma de que
fueran incrédulos porque veían sus milagros y maravillas; sin embargo, le
dieron la espalda a Dios para poner su mirada en los ídolos que nada podían
hacer por ellos, solamente con el propósito de provocar la ira de Dios; cuánto
más pecará el mundo de hoy por su incredulidad, dado que no quieren saber nada
del Dios real y muchos se escudan detrás de las religiones y sectas con sus
falsos dioses, pensando que con eso van a evadir los juicios del verdadero Dios;
pero no es así, pues los incrédulos heredaran el castigo eterno en el lago de
fuego y azufre: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y
homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos
tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte
segunda”. Apocalipsis 21:8.
La palabra de Dios es medicina, sobre todo para nuestras
almas; pero seguramente muy pocos la querrán tomar, aunque nos garantice que a
través de ella encontraremos la vida eterna; esto es un caso parecido a las
quimioterapias que le aplican a los enfermos de cáncer, las cuales trastornan
el cuerpo, bajan las defensas y sumen a la persona en un estado de depresión,
debilidad, cansancio y disposición a otras enfermedades; pero el paciente no
tiene otra alternativa y posiblemente sea el último recurso para tratar la
enfermedad; así debemos actuar frente a la palabra de Dios, pues es el último
recurso que tenemos disponible para sanar nuestra alma de los estragos del
pecado y su consecuente castigo en el infierno.
La palabra de Dios es el último recurso disponible para
que guíe al hombre a abandonar su vida pecaminosa y acudir a Jesucristo quien
es el único que lo puede salvar de la condenación; pero a diferencia del
enfermo de cáncer, el hombre sin Cristo no cree que se encuentra enfermo
espiritualmente, ni mucho menos que el desenlace de su vida será la muerte
segunda o la separación eterna de la presencia de Dios: “Hijo mío, está
atento a mis palabras; Inclina tu oído a mis razones. No se aparten de tus
ojos; Guárdalas en medio de tu corazón; Porque son vida a los que las hallan, Y
medicina a todo su cuerpo”. Proverbios 4: 20-22.
No seas uno de aquellos que les fastidia la palabra de
Dios, más bien deléitate en ella, escudríñala, guárdala en tu corazón y
obedécela, que de esta manera Dios pondrá gozo y paz en tu corazón y así mismo
te concederá la entrada al reino de los cielos: “Deléitate asimismo en
Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón”. Salmos 37:4.
Los estatutos y ordenanzas encierran la voluntad de Dios para con el hombre, como un requisito para tener una relación armoniosa con Él; ya que Dios es santo y solo obedeciendo a su voluntad también seremos santificados y hechos nuevas creaturas aptas para estar en su presencia.
El fastidio a la palabra de Dios no es algo simple y se
constituye delante de Dios como iniquidad (o pecado gravísimo), el cual no se
quedará sin castigo: “Y entonces se someterán al castigo de sus iniquidades”.
Me imagino a muchos preguntándose: ¿Y por qué Dios nos quiere obligar a deleitarnos
en su palabra? Nada de eso, el hombre sigue siendo libre de hacer lo que
quiera, pero si le fastidia la palabra de Dios entonces tendrá castigo; y si
por el contrario le agrada la palabra y la obedece entonces será un ciudadano
del reino de los cielos.
Que Dios los bendiga grande y abundantemente.
Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario. Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu. A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad. Amen”. Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

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