Morir es necesario para vivir.

En este mundo no conseguimos nada totalmente gratis, algo tenemos que aportar para poder obtener eso otro que deseamos tener; o eso otro viene esperando de nosotros cierto compromiso o entrega posterior; como ejemplo simple (no bíblico) tenemos al que se gana la lotería, quien tuvo que invertir en la compra de un billete y no solo uno, sino que podría llevar muchos años comprando billetes de lotería sin ganar absolutamente nada; en síntesis, no se ganó la lotería sin comprarla y sería muy extraño que se encontrara en la calle un billete ganador.

Texto: Mateo 16:25.

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”.

CONCLUSIONES.

Hablando del ámbito espiritual tenemos que diferenciar entre dos tipos de vida: La terrenal y la vida eterna. La terrenal como su nombre lo indica, se desarrolla aquí en la tierra y se trata de un regalo de Dios para nuestros padres; la cual se convierte para nosotros en un tesoro valiosísimo que debemos cuidar y administrar de tal forma, que a través de este cuerpo podamos obtener las metas que nos hemos propuesto.

Pero aún por encima de nuestras metas terrenales, hay dos propósitos generales que el hombre puede albergar en su corazón y de lo cual depende que gane o pierda la vida eterna para su alma.

1. Salvar su vida.

Hay varios dichos populares como estos: “Disfrutemos que la vida es corta”, “sáquenle el jugo a la vida porque uno no se lleva nada”, “dese gusto ahora que está joven, porque un día ya no podrá hacerlo”, “disfrute de todo lo que se gane y no se lo deje a quien no ha luchado para ganárselo”, “el muerto al hoyo y el vivo al baile”, etc.; pero ¿Qué hay de cierto en estos dichos?

La verdad es que todos estos dichos provienen de mentes carnales, cuyos propósitos son disfrutar de la carne y del mundo con sus pasiones y deseos; y para ellos solo existe en su conciencia la idea de que un día morirán y que nada habrá más allá de la muerte; y por eso desean disfrutar de las cosas del mundo a como dé lugar, antes que llegue el día de sus muertes.

Estos son algunos ejemplos de cómo el hombre común disfruta de la vida, lo que finalmente se convierte en pecado, llevándolo como caballo sin freno por el camino de la perdición:

1.  Disfrutar de parrandas con bebidas alcohólicas, donde embriagarse es pecado, cantarles a las mujeres y al mundo es robarle la gloria a Dios, comer hasta saciarse es glotonería y trasnochar es atentar contra el cuerpo que está destinado por Dios para ser templo del Espíritu Santo.

2.  Otro ejemplo son las reuniones sociales o familiares donde abundan las mentiras, la adulación, el chisme, el juzgar a los demás, el lenguaje vulgar y también la glotonería; que son pecados delante de Dios.

3.  Otro ejemplo es tener amigos o amigas con quienes se tiene intimidad, cometiendo así fornicación para los solteros o adulterio para los casados, y estos son pecados que inhabilitan al hombre para entrar al reino de los cielos.

4.  Otro ejemplo es tener a Dios de último en nuestra vida diaria y darles prioridad a los paseos, al turismo y al conocimiento de otras culturas; lo que significa una violación a este mandato divino: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Mateo 6:33.

5.  Otro ejemplo es olvidar que nuestras finanzas provienen de Dios y que debemos honrarlo con ellas, pagando diezmos, ofrendas y ayudando a los necesitados; y no gastarlas en los deleites de la carne, en las parrandas y en los juegos de azar; esto por supuesto significa robarle a Dios: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas”. Malaquías 3:8.

Estas actividades y muchas más son las que hace el hombre para “salvar su vida” o mejor dicho para disfrutar de su vida antes que llegue la muerte, sin entender ni comprender que el llamado de Dios es a que el hombre renuncie a su voluntad y de espacio en su corazón para que se haga la voluntad de Dios. 

¿Pero qué final sobrevendrá a los que se han propuesto “salvar” o mejor dicho “disfrutar” de sus vidas?

La realidad es que el hombre común piensa que, si no disfruta y se divierte, que entonces está “perdiendo su vida”; por lo cual, salvarla significa para ellos el no negarle nada de lo que pida su cuerpo, centrándose en hacer aquellas cosas que le apasionan, le agradan o le satisfacen; así vayan en contraposición de la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios es enfática en decir “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá”, asegurando con ello que ese tesoro de la vida eterna que ha preparado Dios para el hombre se perderá para aquellos que ocupan su vida en disfrutar de la carne con sus pasiones y deseos, porque si vivimos conforme a la carne, entonces moriremos eternamente: “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” Romanos 8:13.

Algunos dirán: ¿Y qué tiene de malo disfrutar de esta vida?

El hecho de disfrutar de la carne con sus pasiones y deseos se convierte en pecado, dado que se da rienda suelta a las concupiscencias de la carne, las cuales se constituyen en violaciones de los mandatos divinos; y según Dios solo hay ganancia y solo hay vida, si andamos conforme a su voluntad: “Para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios”. 1 Pedro 4:2.

Y el hecho de congraciarnos con el mundo y de participar de todo lo que ellos hacen incluyendo el deleitarse con el pecado, nos convierte en enemigos de Dios: “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios”. Santiago 4:4.

Y por supuesto que los enemigos de Dios no heredarán la vida eterna y por consiguiente podemos decir que los que quieren salvar su vida terrenal, terminarán perdiendo su vida eterna: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”. 1 Corintios 6:9-10.

2. Perder su vida.

Si hacemos la voluntad de Dios y no la nuestra (lo que para el mundo significa perder su vida), quiere decir que hemos quitado el yo del trono de nuestro corazón y que hemos dado paso al Espíritu Santo de Dios, para que Él sea el que gobierne nuestras vidas. En este punto entonces ya no hacemos lo que nos viene en gana, sino que más bien hacemos la voluntad de Dios que es buena, justa, santa y perfecta; la cual garantiza que seremos verdaderos hijos de Dios y que tendremos herencia en el reino de los cielos.

Perder nuestra vida terrenal, equivale a negarnos a nosotros mismos; es decir, que le neguemos a nuestro yo todo lo que el pida y que sea contrario a la voluntad de Dios y solo así seremos unos verdaderos discípulos de Jesucristo, tomando también nuestras cargas y padecimientos (la cruz) y siguiendo las pisadas de nuestro maestro Jesús: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”. Lucas 9:23

Esto de perder nuestra vida, no es más que morir al viejo hombre, que está cargado de vicios y de pecados, dando lugar a una nueva criatura nacida del Espíritu y la cual tiene el sello de la redención que la identifica como ciudadano del reino de los cielos; y este proceso ocurre durante el bautismo en el Espíritu, en el cual somos crucificados juntamente con Jesús: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”. Romanos 6:6.

En síntesis, perdemos nuestra vida terrenal y pecaminosa al morir al viejo hombre; pero ganamos la vida eterna al renacer como verdaderos hijos de Dios, revestidos de la naturaleza divina: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. 2 Corintios 5:17.

Hay dos promesas de parte de Dios, para quienes buscan primero el reino de Dios y su justicia y se olviden de disfrutar de las cosas terrenales, incluyendo sus bienes y aún a su familia: Lo primero es que le serán multiplicados sus bienes y sus bendiciones; y lo segundo es que heredará la vida eterna, así como dice el texto principal “y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”: “Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”. Mateo 19:29.

Estimado hermano y amigo, ¿de qué sirve disfrutar de la vida terrenal si cuando se muera seguramente irá al infierno a sufrir por una eternidad?

Es mejor olvidarnos de complacer nuestro cuerpo con sus pasiones y deseos y más bien rendir nuestro corazón a Dios y permitirle que Él haga su voluntad y nos guíe en lo que realmente debemos hacer para heredar la vida eterna y esto definitivamente es vivir para Dios, obedeciendo a su Palabra y sirviendo en su maravillosa obra; lo que aparentemente trae tristeza y aburrimiento para el hombre común, pero que al hombre espiritual le trae abundante gozo y la certeza de que vivirá por siempre en el reino de los cielos; esto en verdad es morir para vivir: “Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre”. Salmos 16:11

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21. 

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