¿Quién es el señor de su vida?
Hay un adagio popular que reza: “Si no vives para servir, no sirves para vivir”, el cual no es cierto en su totalidad, dado que el ser humano tiene inevitablemente que servir a uno de dos señores, el del bien o el del mal; pero es imposible ser neutro o servir a estos dos señores a la misma vez.
Texto: Romanos 8:9.
“Mas vosotros no vivís según la
carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”.
CONCLUSIONES.
Iniciemos con lo que dijo Jesucristo sobre la
imposibilidad de servir a dos señores a la misma vez: “Ninguno puede servir
a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y
menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Mateo
6:24
Y para los que dicen que es mejor ser neutros, ellos
serán vomitados de la boca de Dios: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío
ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Apocalipsis 3:16. Estos son aquellos
que hacen cosas buenas, pero también acciones malas; es decir que tratan de
ganar favores de Dios mediante algunos sacrificios como la ayuda a los
necesitados, pero que también le sirven al diablo con sus pecados; por ejemplo,
el que es mentiroso y va los domingos a la iglesia arrepentido de sus pecados,
pero nunca cambia.
Y en el caso extremo cuando las personas dicen: “Yo no le
sirvo a ninguno de los dos”, entonces estos son arrastrados por la incredulidad
del mundo y terminan desechando a Dios, lo que definitivamente les traerá
condenación porque caen en el pecado de incredulidad, que es un pecado de muerte
de los más graves que contempla Dios: “El que en él cree, no es condenado;
pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del
unigénito Hijo de Dios”. Juan 3:18
La verdad es que solo existen dos señores, el que
representa el bien y la justicia, cuya sede es el reino de los cielos, y que es
Jehová de los Ejércitos junto a su hijo Jesucristo, quien está al mando de
ángeles, arcángeles, querubines y serafines; y el que representa el mal, el
pecado y la injusticia, cuya sede es el infierno, y que es satanás, quien está
al mando de espíritus inmundos, demonios, gobernadores de las tinieblas y
huestes espirituales de maldad: “Porque no tenemos lucha contra sangre y
carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de
las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las
regiones celestes”. Efesios 6:12.
Y si crees que hay un tercer señor, todavía tus ojos
andan en tinieblas y no te ha resplandecido la luz del evangelio de Cristo;
pues en algunas sectas y religiones creen tener su propio dios, pero esos
dioses no son más que representaciones de demonios o potestades de las
tinieblas, quienes pueden tomar posesión de las personas y actuar a través de
ellas, o pueden manifestarse a través de ídolos o imágenes, a las cuales pueden
dotar de un poder hipnotizante y hasta pueden hacer que una estatua llore
lágrimas de sangre; pero ante todo solo hay un Dios verdadero: “Porque hay
un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.
1 Timoteo 2:5.
Dados estos principios, podemos decir a ciencia cierta,
que una persona puede tener a Cristo en su corazón (representado por el
Espíritu Santo de Dios) y que la forma de conocer que realmente le sirve a
Cristo es por los frutos que está dando su vida, cuyo fruto principal es el
amor a Dios (soportado en la obediencia a la Palabra) y el amor al prójimo (soportado
en la ayuda a los necesitados): “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo,
paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales
cosas no hay ley”. Gálatas 5:22-23. También podemos decir que la forma de recibir a Cristo en
el corazón es reconocer que somos pecadores, acudir arrepentidos a Jesucristo y
recibirle como señor y salvador de nuestras vidas.
Y que la forma de reconocer quién es de las tinieblas, es
observando sus frutos; pues si da alguno de estos frutos, es prueba fehaciente
que su alma es de propiedad del diablo, dado que el que peca voluntariamente le
transfiere la propiedad de su alma a satanás: “Y manifiestas son las obras
de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría,
hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones,
herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a
estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los
que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”. Gálatas 5:19-21.
Con este fundamento podemos decir que una persona le
sirve al diablo (o es del diablo) cuando presenta alguno de estos comportamientos: Sigue diciendo vulgaridades, sigue
mintiendo, sigue tomando bebidas alcohólicas, sigue siendo deshonesto en su trabajo o en su negocio, sigue en adulterio, sigue en
idolatría honrando y venerando imágenes, continua siguiendo y creyendo en sectas y doctrinas erróneas y diabólicas, cuando es un religioso que sigue las
costumbres de su iglesia en vez de los mandatos de la Palabra, cuando pone en
primer lugar la búsqueda de las cosas materiales y de los placeres de este
mundo, cuando se siente feliz ante la llegada de la "navidad" en vez de estar preocupado por acercarse a Dios; y mayormente cuando dice que no necesita de Dios porque cree tener todo lo
que necesita para vivir y ser feliz.
También podemos decir que una persona tiene
inevitablemente a satanás en su corazón (representado por demonios y espíritus
inmundos), si aún no ha acudido arrepentido a los pies de Cristo, pues dada la
naturaleza pecaminosa del hombre y el asedio constante de las tinieblas, todo
hombre terminará siendo pecador mientras no tenga a Cristo en su corazón que lo
aparte del pecado y resultará sirviéndole al ejército de las tinieblas de manera consciente o inconsciente, así diga que no le sirve a nadie, así diga que
tiene su propia religión y sus propios dioses (lo que configura tres grandes
pecados que son: Fornicación, idolatría y rebelión): “Porque todos los
dioses de los pueblos son ídolos; Mas Jehová hizo los cielos”. 1 Crónicas
16:26
Y para que el Espíritu Santo de Dios siga haciendo
presencia en nuestras vidas, luego de su entrada inicial en nuestro corazón, es
necesario que vivamos conforme al Espíritu y no conforme a la carne, como lo
dice el texto principal: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según
el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros”. Si en su vida
manda su carne y su ego, con sus pasiones y deseos y no el Espíritu Santo de
Dios, entonces en su corazón está el diablo y no Dios.
La mejor forma de reconocer si una persona le sirve a
Cristo o le sirve al diablo, es observando sus frutos; sin embargo, hay otra
evidencia más palpable y evidente, que consiste en que aquellos que son de Dios
escuchan el llamado de Dios (a través del evangelismo o de los medios de
comunicación), se deleitan en su Palabra y la siguen rigurosamente; en cambio
los que son de las tinieblas, desechan a Dios y por ende tampoco atienden a su
Palabra: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Juan
10:27.
Un caso común de esta situación es lo que sucede a un
evangelista que toca a la puerta de una casa: Si le abren la puerta y se gozan
con la visita y la palabra impartida, estas personas son ovejas del rebaño de Dios;
pero si le cierran la puerta y hasta los insultan, tales personas son del
diablo. Y para el caso del que recibe la Palabra por algún medio de comunicación
y se da cuenta que es algo relacionado con Dios: Si la acepta, la lee
gustosamente y reflexiona sobre ella, entonces el lector es de Cristo; pero si
no termina de leer o sencillamente suprime el mensaje, el lector es del diablo.
Todo esto significa que el hombre solo puede vivir dos
tipos de vida, la vida en la carne (deleitándose en las pasiones y deseos de la
carne) o la vida en el Espíritu (haciendo la voluntad de Dios y su Palabra),
esto es dependiendo de quién gobierna su corazón, si el Espíritu Santo o los
demonios: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si
es que el Espíritu de Dios mora en vosotros”
Estimado hermano y amigo, la Palabra es muy clara al
decir: “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”; y si
no es de Cristo, entonces será de satanás, dado que no hay un tercer señor.
Ante esta realidad, lo invito a reconocer que usted es pecador, que necesita
ser perdonado y que también necesita recibir a Jesús como señor y salvador; si
haces este paso acompañado de fe y de un verdadero arrepentimiento, entonces
hará que el Espíritu Santo entre a morar en su corazón, y que su señor ya no
sea el príncipe de las tinieblas, sino Cristo el salvador de nuestras almas.
Que Dios los bendiga grande y
abundantemente.
Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta
sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y
me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre
derramada en la cruz del calvario. Yo te acepto hoy como el Señor y
Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me
purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo
Espíritu. A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a
leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda
estar en el reino de los cielos por una eternidad. Amen”. Y
si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la
misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por
salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”
Hechos 2:21.

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