Salvar o perder, ¿qué decisión tomará usted?

La sociedad ha entrenado al hombre para ganar y no para perder; pero el hecho de perder puede ser parte del sacrificio que debemos hacer para obtener cosas más grandes, como es el caso de la salvación de nuestras almas, donde hay que renunciar a ciertas cosas; es decir, perderlas para poder obtener otras aún mayores como el reino de los cielos.

Texto: Marcos 8:35.

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará”.

CONCLUSIONES.

Según el contexto del versículo principal, encontramos dos clases de vida: La vida terrenal que desarrolla la persona como individuo de una sociedad y la vida espiritual que recibirá como parte de los frutos de dicha vida terrenal, teniendo en cuenta que una depende de la otra; es decir, que el rumbo de la vida más allá de la muerte depende directamente de cómo hayamos vivido aquí sobre la tierra; pues el que vive para la carne heredará castigo eterno y el que vive para el Espíritu heredará vida eterna: “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. Gálatas 6:8.

Como solo hay dos opuestos, significa que existe una lucha a muerte entre la carne y el espíritu de cada hombre; lo que quiere decir que aquel que le niega los placeres a su carne, está perdiendo algo terrenal, pero está ganando espiritualmente; y si usted le niega todo a su alma y espíritu, entonces estará viviendo para la carne, lo que significa que el viejo hombre de pecado aún sigue vivo y que una vez usted sobrepase el umbral de la muerte física, le espera el infierno de fuego.

Hay diferentes actividades específicas para el alma y el espíritu del hombre, como ocuparse escudriñando la palabra de Dios, ocuparse en la oración, en las actividades de la iglesia, en la ayuda a los necesitados, en la comunión con Dios y mayormente en obedecer a los mandatos divinos; esto significa perder la vida material por causa de Jesús y su evangelio, por lo cual la persona tendrá la garantía de salvar su alma y su espíritu del castigo eterno.

El hecho de vivir para la carne quiere decir que usted está salvando, guardando o conservando su vida terrenal; en otros términos, esto significa que no le negará nada a su carne con sus pasiones y deseos, y que se cumplirán en usted estos adagios populares: “Hay que disfrutar de la vida, porque solo tenemos una”, o “hay que disfrutar porque es lo único que uno se lleva”. Pero el veredicto para este tipo de vida es que tales personas perderán su alma y su espíritu en el infierno, porque quisieron salvar su vida material, a expensas de perder su futuro eterno: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá”.

Por su parte, perder su vida material, significa que usted le negará a su carne todos los placeres del mundo, con el fin de permitir un crecimiento espiritual, deleitándose con el evangelio de Jesucristo y rindiendo su vida a Él y esto al final redundará en vida eterna o salvación para su alma y espíritu: “Y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará”.

Un ejemplo bíblico de esto lo encontramos en el episodio del rico Epulón y Lázaro el mendigo, donde el rico tenía abundancia de bienes y riquezas, y hacía banquetes todos los días; pero luego de su muerte fue a parar al infierno; esto porque salvó su vida carnal, pero no se acordó que tenía un alma y un espíritu que necesitaban de salvación. El debió usar sus riquezas para ayudar a los pobres como Lázaro y también debió renunciar a los lujos, la soberbia, la altivez de espíritu y la glotonería; solo así hubiera salvado su alma: “Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama”. Lucas 19:23-24.

El caso del joven rico también llama la atención, dado que él cumplía con todos los mandamientos, pero su corazón estaba pegado a sus riquezas, las cuales no quería soltar ni muchos menos perder; pero aún así quería entrar al reino de los cielos y allá solo se puede entrar estando libre de los lazos materiales: “Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”. Lucas 18:22

Hay muchos casos prácticos como los que se muestran a continuación, en donde las personas quieren salvar su vida material, ignorando de antemano que van a perder la vida eterna:

1.  Hay personas que no quieren escuchar el evangelio de Jesucristo porque dicen estar muy jóvenes para andar con una biblia debajo del brazo y para estar metidos en una iglesia; es decir, que no quieren perder su juventud en asuntos religiosos; por lo tanto, están destinados al infierno si llegan a morir sin un cambio de vida.

2.  Otros dicen que el evangelio es para los viejos que ya no tienen nada que hacer, que ellos en cambio son todavía jóvenes con fuerzas para parrandear, para gozar de la vida, para viajar y conocer el mundo, etc.; esto significa que, si mueren antes de un arrepentimiento verdadero, sus almas irán al infierno.

3.  Otros creen estar seguros bajo el manto de la religión popular, pues dicen sin fundamento, que María está rogando delante de Dios por su salvación y que mientras tanto solo tienen que preocuparse por disfrutar; sin embargo, no saben que el único salvador del hombre se llama Jesucristo y no hay más nadie que pueda salvarnos, porque Jesús fue el único que murió en una cruz por nuestros pecados. María no bajó del cielo como Jesús y tampoco murió en una cruz; por lo tanto, no puede salvar; tampoco es madre de Dios porque Dios es eterno y de una creatura es imposible que surja un creador; por lo tanto, tampoco puede interceder para salvación usando una investidura que no posee.

4. Otros dicen creer en Dios, pero no hacen absolutamente nada para buscar la salvación de sus almas; y su tranquilidad se basa en que no creen de verdad que hay un Dios, ni mucho menos que existe un infierno; y los que medio creen, entonces están seguros de que el gran amor de Dios impedirá que sean echados al infierno. Estos son los que para su propia ruina suelen decir: “Dios me conoce”, como si se sintieran llenos de privilegios para ser salvos y otros dicen: “Por encima de Dios no hay nadie”, como dando a entender que el diablo no está por encima de Dios y que por lo tanto están exentos de castigo.

5. Otros están enfocados en su proyecto de vida y creen que eso es lo único que prevalecerá; pero deben saber que un día esta tierra será consumida con todos los bienes y riquezas que hay dentro de ella y que los únicos que se van a salvar, son aquellos que hayan recibido a Jesús como su señor y salvador y que vivan en obediencia y santidad a la palabra de Dios. Un día ya no habrá casas y apartamentos, un día ya no habrá bancos, ni cuentas bancarias, ni fiducias, ni inversiones; un día ya no habrá ni siquiera cajeros electrónicos con dinero y un día mucho menos habrá humanos sobre la tierra que puedan disfrutar de todo lo que ha inventado el hombre; en ese día ya todos estarán en el cielo o en el infierno dependiendo de si perdieron o no su vida terrenal por causa de Jesús y su evangelio.

6.  Otros inexplicablemente creen que el evangelio es para locos y aleluyas, y que ellos sí tienen los pies sobre la tierra, que ellos son verdaderamente inteligentes y que por lo tanto no participarán de esas cosas ridículas, denotando con esto que tienen otros dioses como las riquezas, los bienes, los negocios (aunque estos sean de carácter ilícito), la familia, los círculos sociales, los placeres del mundo y de la carne, etc.; por lo cual tendrán que sufrir el lloro y el crujir de dientes en el infierno.

7.  Otros, sobre todo de los círculos sociales más altos, piensan que ellos ya están exentos de preocupaciones por lo eterno y que eso es para los círculos sociales más bajos; que ellos de por sí no necesitan de Jesucristo, ni mucho menos de salvación. A estos solo les preocupa alcanzar sus metas terrenales y no les trasnocha lo que haya después de la muerte. Para ellos, Jesucristo vino a salvar a los pobres, pero como no han leído la biblia, nunca han entendido que se trata de los pobres de espíritu, que son aquellos necesitados de Dios para los asuntos eternos.

Estimado hermano y amigo, es preferible perder nuestra vida material para vivir en el Espíritu, de tal forma que luego de la muerte, podamos ser conducidos al reino de los cielos donde moraremos por una eternidad; no así sucederá con los que colocan todos sus esfuerzos en vivir una vida cómoda y placentera al servicio de los designios de la carne, del mundo y del pecado, puesto que al final solo heredarán castigo eterno porque nunca se preocuparon por su vida espiritual y más bien la despreciaron.

Que Dios los bendiga grande y abundantemente.

Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario.  Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu.  A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad.  Amen”.  Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21. 

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