Despierta ya y levántate de los muertos.
Texto: Efesios 5:13-14.
“Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo. Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, Y levántate de los muertos, Y te alumbrará Cristo”.
CONCLUSIONES.
Comencemos recordando un principio fundamental que consiste en que todos somos pecadores y que, si aún no hemos acudido arrepentidos a los pies de Cristo, entonces significa que todavía estamos muertos espiritualmente, dado que Cristo es la vida y si su presencia no está en nuestros corazones entonces allí solo hay muerte: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Romanos 3:23.
Por lo anterior, podemos decir que la mayoría del mundo, aunque están despiertos físicamente, no hay duda de que están muertos en espíritu, por cuanto su corazón no tiene vida, debido a la ausencia total del Espíritu Santo de Dios, pero sí con la presencia de las tinieblas que solo traen muerte.
El hombre nace con una herencia pecaminosa heredada de Adán y Eva; pero esta no actúa en los niños que aún no han sido contaminados por el mundo y que permanecen en inocencia; y por eso Jesucristo dijo que de los tales era el reino de los cielos y también dijo que tendríamos que ser como niños para poder entrar a dicho reino: “Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos”. Mateo 19:14.
Luego de que el joven tiene uso de razón entonces decide si seguir los caminos del mundo o apartarse de él; pero la mayoría, acosados e influenciados por el mundo, terminan participando del pecado, haciéndose instrumentos de las tinieblas y también contaminando a otros, lo que indudablemente hace que sea un nuevo muerto espiritual que deambula por todas partes y que cree que está vivo.
Esta condición de muerte espiritual solo se suspende cuando la persona reconoce que es pecadora y que necesita de un salvador, a Jesucristo el hijo de Dios, para que le perdone y lo lave con su sangre; solo así, esta persona nacerá espiritualmente mediante la presencia del Espíritu Santo en su corazón y ya no pertenecerá al reino de los muertos: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”. Efesios 2:1.
Jesucristo es el único que nos puede ofrecer una transición entre la muerte y la vida, dado que él murió en una cruz del calvario y allí cargo con todos los pecados de la humanidad; por lo tanto, él es el único capaz de tomar cada pecador que acuda voluntariamente a él, de lavarlo con su sangre y así mismo justificarlo delante Dios el Padre.
Solo Cristo es la luz que ilumina a través de su palabra, el cual alumbra los caminos del hombre, le hará descubrir el pecado que reina en su ser y le hará sentir vergüenza por haber ignorado los llamados de Dios y por haberlo desagradado a causa de la práctica continua del pecado; y por eso dice el texto: “Y te alumbrará Cristo”.
Solo Cristo podrá enderezar nuestros caminos, si lo consideramos como parte esencial de nuestras vidas y rendimos a él nuestro ser completo: “Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas”. Proverbios 3:6.
Sin Cristo estamos a merced de las tinieblas, con el agravante de que estas trabajan continuamente para hacer que el pecado parezca algo delicioso y también para hacer que las personas no se sientan culpables delante de Dios; de ahí que es un riesgo muy alto el seguir muertos espiritualmente, pues llegaremos al punto de pensar que todo lo malo es bueno, y que Dios en forma caprichosa nos quiere condenar por algo bueno e inocente que estamos haciendo con nuestras vidas: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”. Isaías 5:20.
Pero tener una religión no es tener a Cristo; pues indudablemente no se trata de pertenecer a una religión, secta o filosofía y más bien se trata de un cambio al interior del hombre; pues el hombre común que está muerto espiritualmente, en su interior está gobernado por demonios; no así sucede con los nacidos de nuevo o los verdaderos cristianos, quienes en su corazón gobierna el Espíritu Santo de Dios, el cual les coloca el sello de la redención para que el día que mueran, puedan ser recogidos por los ángeles de Dios y llevados al paraíso terrenal.
Tampoco el hecho de creer solamente significa nacer de nuevo; pues para que esto suceda efectivamente tenemos que sentirnos pecadores hasta el punto de llorar y lamentarnos por causa de nuestra situación, y así mismo también debemos arrepentirnos, buscar a Jesucristo y pedirle que nos reciba como sus discípulos y que haga posar su Santo Espíritu en nuestros corazones; y todo esto hace parte de la obediencia, sin la cual no habrá ningún cambio en nuestras vidas: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Mateo 7:21.
Mire esta contradicción entre el hombre común y un hijo de Dios; el hombre común está vivo hablando carnalmente, porque obedece al pecado y está dispuesto a complacer su carne y a seguir las paciones y los deseos del mundo, mientras su corazón (componente del alma) está lleno de demonios que gobiernan su vida, y por esta causa es que está muerto espiritualmente; en cambio el verdadero hijo de Dios (nacido de nuevo), ya está muerto a la carne, es decir al cuerpo de pecado, porque ha crucificado la carne con sus pasiones y deseos (mediante el bautismo), y así mismo está vivo espiritualmente, porque allí en su corazón reposa en el Espíritu Santo de Dios, quien gobierna completamente su vida: “Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia”. Romanos 8:10.
Los que somos de Cristo, inevitablemente ya debimos haber muerto a la carne con sus pasiones y deseos; de lo contrario, si esta sigue viva (hablo espiritualmente), es porque el hombre no ha acudido a Jesucristo o si acudió a él, entonces no lo hizo de corazón, ni mucho menos escudriñó su palabra, ni se dejó transformar por ella y tampoco la ha obedecido en absoluto; y de esta forma el hombre carnal sigue siendo carnal, como el dicho popular que reza: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”; pero los verdaderos cristianos ya crucificaron su carne de pecado: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. Gálatas 5:24.
¿Y cuál es el problema de ser un muerto espiritual? El problema es que cuando muera físicamente, los demonios estarán esperando su alma y su espíritu, para tomarlos y conducirlos hacia el infierno, donde será el lloro y crujir de dientes por una eternidad; ¿No cree que esta sea una suficiente motivación para levantarse de entre los muertos antes que vaya a parar al infierno?
Estimado hermano y amigo, muy pocos se han tomado en serio este problema, muy pocos han escapado de este estado de muerte espiritual y han nacido de nuevo mediante el poder de Dios quien también levantó a Jesucristo de entre los muertos. Es mucho mejor que un día esté en el cielo agradecido porque se arrepintió a tiempo y decidió vivir para Cristo y no para el pecado (esto es levantarse de los muertos); que estar atormentado en el infierno y vivir allí maldiciendo porque nunca creyó que el infierno era real, ni que el pecado era tan malo para echarlo al infierno, o posiblemente pensó que Dios, por causa de su gran amor, se haría cómplice de sus fechorías y que pasaría por alto sus indiferencias, sus pecados y sus rebeliones.
Pero no se haga ilusiones, pues al cielo no puede entrar ninguna persona que sea inmunda, rebelde o pecadora, ni siquiera aquellos que dicen mentiritas piadosas; tienen que arrepentirse de verdad y ser rociados con la sangre de Jesucristo, de lo contrario solo les espera el lloro y crujir de dientes por una eternidad: “No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero”. Apocalipsis 21:27.
¿Sigues confiando en que este asunto de la salvación es algo que se inventaron las religiones?
¿Sigues confiando en que si no hay una conversión real en tu vida, que no pasará nada?
¿Sigues confiando en que puedes seguir viviendo y disfrutando del mundo, porque tu religión te garantiza la salvación?
¿Sigues confiando en que María está rogando por ti ante el Padre, y que por tanto tú puedes seguir viviendo tranquilo?
¿Sigues confiando en que el dios de tu secta es real y que este te ha garantizado la salvación?
¿Y finalmente todavía piensas que Cristo es un estorbo para tu vida y que tú tienes la sabiduría y la inteligencia necesarias para salvarte del castigo eterno?
Cabe recordar que la mayoría de los caminos del hombre conducen a la muerte y que solo es garantía de vida si se siguen las pisadas de nuestro maestro Jesús: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas”. 1 Pedro 2:21.
En síntesis, si sigues dormido espiritualmente, luego de la muerte física serás conducido al infierno donde tendrás un terrible despertar, incluyendo torturas, lloro y lamento; no así sucederá a los que se levanten hoy de entre los muertos, pues ellos seguirán vivos aún después de su muerte y serán llevados al cielo donde tendrán un futuro eterno lleno de amor, gozo y paz.
Que Dios los bendiga grande y abundantemente.
Estimado amigo, si deseas hoy entregar tu vida a Jesucristo haz esta sencilla oración en voz alta: “Señor Jesús, reconozco que soy pecador y me acerco a ti arrepentido para que me perdones y me laves con tu sangre derramada en la cruz del calvario. Yo te acepto hoy como el Señor y Salvador de mi vida y te pido que entres en mi corazón y me transformes, me purifiques y me santifiques, porque quiero ser el templo de tu Santo Espíritu. A partir de hoy me comprometo a no practicar más el pecado, a leer tu Palabra, a meditar en ella y sobre todo a obedecerla, para que yo pueda estar en el reino de los cielos por una eternidad. Amen”. Y si estás en peligro de muerte y no estás en paz con Dios, puedes acudir a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, clamando a gran voz por salvación: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hechos 2:21.

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